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Blog – Viaje en moto por América

David Pueyo – Contacta

¡Bienvenid@! Si te gustan las historias que hablan sobre aventuras y viajes en moto te presentamos este relato, aderezado con una dosis de realismo y surrealismo compartido, ficción y mucha sátira. Un blog peculiar que resume un viaje en moto de 2 años por todo el continente americano, 18 países recorridos y un hilo conductor que narra la relación entre el binomio hombre-moto.

 

CAPITULO I (Mi nueva compañera de viaje)

Es una historia muy corta pero intensa. La conocí en un portal de internet apenas hace un mes y nos encontramos por primera vez en Cali (Colombia). Su nombre es Kawasaki y su apellido Klr 650, es japonesa y viste un modelo negro-blanco con detalles en verde esperanza.

Lo que más me llamó la atención de ella fueron sus innumerables atributos dignos de una verdadera trail aventurera. Su comprobada fiabilidad, idónea para grandes viajes, su sencillez, perfecta para pasar desapercibidos, su mecánica, fácil de reparar, y su gran autonomía (23 litros) que te permite estar 450 kms montada sobre ella sin parar a repostar.

A partir de ahora va a recorrer conmigo lo que queda de camino. Nos espera un recorrido largo, desde Colombia, pasando por Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, Belice, México y EE.UU. Juntos vamos a pasear unos 65.000 kms. Espero que no me sea infiel y me deje, literalmente, tirado en la cuneta.

De momento este es el plan.

Os dejo la foto del enlace, el santuario fue el Concesionario Potenza de Cali, con los testigos Juan y Mamucha.

kawasaki klr

 

CAPITULO 2 (Luna de miel)

Faltaron las latas arrastradas por Kawa para ser una despedida perfecta (american style). Yo estaba nervioso, creo que ella también. Era la primera vez que viajábamos juntos y teníamos todavía que conocernos bien.

El primer día de nuestra luna de miel intenté sorprender a Kawa con un viaje inesperado. Enfilamos la carretera dirección Bogotá, cerca de 1.000 km, decisión que Kawa no compartió muy a mi pesar. Ella no sabía que una antigua amiga nos había invitado a conocer unos días la ciudad, capital del país.

El panorama que encontramos en las carreteras de Colombia era espectacular. Atravesando gigantescas montañas pobladas de una exuberante vegetación, pequeños pueblos rodeados de casas muy humildes y vendedores ambulantes, gente amable y agradecida a cada paso, retenes militares que nos hacían sentir seguros y un sinfín de asombrosos spots por los que pasamos. Todo esto unido nos guió durante todo el recorrido.

De vuelta en Cali continuamos el viaje hacia el sur con la intención de cruzar a Ecuador y llegar a Quito por montera, por montaña y por mar, por Joaquín y por Ana (mis padres) por bosques y por secanos, por nosotros.

Unos días después llegábamos a Quito, esta vez un destino consensuado con Kawa, donde nos recibieron en su casa nuestros padres adoptivos ecuatorianos, Edward e Isa, lujo al alcance de muy pocos. Regocijamos unos días de la ciudad y de su gente, y nos preparamos mentalmente para la vida real que nos esperaba tras la luna de miel.

La relación iba “viento en rueda”. El motor de Kawa lo aguantaba todo y me daba seguridad. Nos adaptamos bien el uno al otro, tanto que incluso la posición sobre ella era muy confortable, diría que incluso ergonómica. Los días pasaban y nos sentíamos más sueltos, seguros, incluso alguna vez osábamos a tocar el claxon o esquivar un tuk-tuk, nunca sin perder el respeto por nada y nadie. Estábamos empezando a sentir también ese desapego del que nos queríamos desprender. Nos sentíamos muy felices, y eso nos hacía todavía más felices.

FIN de la luna de miel.

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CAPITULO 3 (La hora de la verdad)

Después de dos semanas de paseos, de pruebas, de conocernos, de sentirnos el uno al otro, llegaba la hora de la verdad. Teníamos todo a punto para cruzar Ecuador de norte a sur y llegar hasta Perú. Empezaba nuestro primer y real día de pareja tras la luna de miel.

Durante las horas previas a la salida aprovechamos para comprar los últimos aprovisionamientos que nos faltaban por recolectar. Era un sábado soleado en Quito, la ciudad sonreía, pero esa mañana el destino nos estaba esperando con una desagradable sorpresa. Una temeraria acción de un conductor hizo que sufriéramos un accidente en plena calle. ¿El saldo de tal infortunio? Algún rasguño yo y Kawa una pierna (rueda) retorcida que golpeó contra el coche y su maleta izquierda rota. ¿Lo más desagradable de todo? El tipo se dio a la fuga. Sí, se largó. Nos preguntamos con Kawa, ¿qué sentiría ese personaje mientras se largaba y miraba por el retrovisor del coche y nos veía tirados en el asfalto? Solo él lo sabe. Llevábamos poco viajando, pero ya eran situaciones que habíamos pensado que podían ocurrir y que habíamos interiorizado. Las amarguras en verdad no son tan amargas.
Unos días después y ya “olvidado” el incidente, continuamos decididos a no mirar más atrás. Eran cosas que podían pasar y teníamos que estar preparados. Nos esperaba un largo viaje.

De Quito llegamos a Cuenca, ciudad colonial vestida de blanco y con un parque nacional sensacional, llamado El Cajas, adornado con pequeños lagos y un entorno relativamente árido. De nuevo Kawa tuvo que quedarse en el parking mientras yo visitaba los senderos que ofrecía el lugar. Una señal gigante dejaba clara la prohibición de entrar en moto.
Después de unos días de relax y caminatas por la ciudad tocó continuar y cruzar la frontera peruana por Tumbes. En la Aduana, a pesar de nuestra todavía inexperiencia, logramos hacer todo el papeleo relativamente rápido, no antes de ir para aquí y para allá en busca de fotocopias, sellos y toda la burocracia que exige un paso fronterizo.

En cuanto a la gastronomía del país podíamos recomendarla poco, la verdad que con nuestro pobre presupuesto era bastante básica. Menús de ocasión de carretera, y ceviches, sopas y arroces de puestos ambulantes que íbamos encontrando. Para Kawa gasolina refinada 95, la mejor. Ella era más selecta que yo.

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CAPITULO 4 (De oca a oca y tiramos porque nos toca)

El primer destino que nos acogió en Perú fue Máncora, un pueblo costero que el turismo enturbiaba diariamente con sus fiestas y jaranas. Aprovechamos unos días para visitar sus alrededores, entre ellos Punta Farallón donde se encontraba un santuario de tortugas marinas. Fue una bonita experiencia poder nadar junto a ellas en total libertad. De nuevo Kawa tuvo que quedarse en el parking, sin darme cuenta me había olvidado en el hostel su traje de baño.

De Máncora pasamos a Piura y llegamos por camino a Ciudad de Pescadores, un pequeño pueblo desértico donde todo eran miradas y cuchicheos tras nuestro paso. Pasamos la noche en el único hotel del pueblo y al día siguiente huimos hacia Huanchacho (Trujillo), un lugar tradicional de Perú que alberga, en forma de pirámides y ruinas, los restos de las antiguas culturas Moche y Chimú que habitaron el lugar.

Seguimos atravesando la carretera escoltados por desierto a ambos lados hasta llegar a Lima, donde Kawa tenía una cita con su médico en el Hospital “Kawasaki oficial” para un cambio de aceite y una revisión general. La salud de Kawa era importante.
Dos días en la capital y volvemos a huir, esta vez a otro pueblecito de costa llamado Paracas, donde visitamos su Reserva Nacional, una enorme extensión de desierto con caminos infinitos hacia el ocaso y dunas gigantes que acababan en espectaculares acantilados en el Océano Pacífico. Un emplazamiento ideal también para avistar lobos marinos y aves por doquier.

Por el camino estábamos conociendo mucha gente, desde otros viajeros que estaban cumpliendo sueños hasta personas locales con historias increíbles. Amistades fugaces, intensas, que te dan (o te quitan), algunas quizás para toda la vida, y que nos hacían más ameno y fácil el camino. Digamos que ahí, en ese momento, eran un sustitutivo a mi familia y amigos.

Llevábamos más de un mes y medio de viaje y ya no creíamos que estuviéramos haciendo un viaje para completar el tablero, sino que sentíamos que era el viaje el que nos estaba haciendo a nosotros.

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CAPITULO 5 (Mundo Inca)

Cusco, capital del Imperio inca y localización perfecta para hartarte a ver ruinas que fueron habitadas hace apenas unos cientos de años. Lugar místico también conocido como la “Roma de América”.
Nos enamoramos de la ciudad, de su ajetreo y de sus fiestas navideñas. Fueron días de lluvia y sol y de kilómetros a través de sus calles adoquinadas en busca de recambios para Kawa. La idea era estar 2 días y nos fuimos al cabo de 2 semanas. Ciudad peruana muy recomendable. Un día, paseando entre sus ruinas históricas, viví una conversación surrealista:

Inca: ¡¡Oiga, usted!!

Yo: ¡Sí! ¿Quién habla…? ¿Quién es…?

Inca: Mire la piedra que tiene exactamente a su derecha.

Yo: ¡Joder! ¿¡Pero qué hace ahí dentro!?

Inca: Vivo aquí desde hace más de 500 años, desde que los españoles vinieron a tocar los cojones.

Yo: Ahh…ya veo.

Inca: Y usted, ¿de dónde proviene?

Yo: Mi madre de Korea y mi padre de Alaska.

Inca: Ahh…por su acento pensé que era español.

Yo: No, no, de madre koreana y de padre alaskeño. De toda la vida.

Inca: ¿Y qué le trae por aquí?

Yo: Estoy de viaje con mi pareja, pero lamentablemente ella se ha tenido que quedar en el parking.

Inca: La altitud es lo que tiene. Mal de alturas, vómitos, pero nada que no se arregle con un poco de coca.

Yo: No, no, ella está bien, es solo que no puede subir estas escaleras.

Inca: Ah, ¿es tetrapléjica?

Yo: Bueno… sí, va sobre ruedas, pero no es exactamente tetrapléjica. Es una moto.

Inca: Ahh… ¿Y viajan juntos?

Yo: Sí, ella me carga y yo la guío.

Inca: Ya veo, ya veo… ¿Y han visitado ya el Machu Pichu, Pizak, Sacsaywaman, Salinas de Maras, Morey, Ollantaytambo…?

Yo: ¡Sí! ¡Sí! Pero lo que más me ha sorprendido hasta ahora es encontrarme con un inca incrustado en una roca.

Inca: Entiendo que le sorprenda. Además soy el último inca, la última incrustación en piedra que se hizo. Por ello me utilizan para conversar con turistas, pero hace frío y pagan mal.

Yo: Ánimo, con suerte en pocos años despierta un terremoto y todo esto desaparece.

Inca: A eso lo llamaríamos un terremoto “a la española”.

Yo: ¡Bueno, ya basta con los españoles! Ya pasó mucho tiempo…

Inca: Español que veo, español que intento engañar y confundir. No los soporto. ¿Y usted, qué opina de esos conquistadores?

Yo: Lo siento, tengo que irme, la grúa se está llevando a mi mujer. Hablamos otro día.

Pasadas las Navidades y el Fin de Año logramos despegarnos de la ciudad y reanudar nuestro camino hacia Arequipa, donde descansamos nuestros cuerpos un par de días antes de proseguir por Puno, a orillas del Lago Titicaca, y cruzar la frontera destino Bolivia.

¡Adiós Perú!

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CAPITULO 6 (Hostilidades bolivianas)

Solo llegar a la frontera de Bolivia nos dimos cuenta que no éramos del todo bienvenidos entre los funcionarios de la pequeña garita de Kasani. Entrábamos en tierra hostil para extranjeros y se notaba.
El trato que recibimos por sus pobladores durante toda nuestra estancia tampoco fue del todo buena (con alguna excepción evidentemente). Daba la sensación que nos veían exclusivamente como lucro, como una forma para sacar provecho. Buscaban cualquier situación u oportunidad para sacarte unos “bolivianitos” extra del bolsillo. En demasiadas ocasiones nos sentimos atracados (con maldad), engañados torpemente, o recibidos con no tan buenas formas. No sé si debido y relacionado al desconocimiento o al miedo de afrontar según que situaciones. Kawa opinaba lo mismo.

Nuestro primer destino fue Copacabana, primer pueblo que nos encontramos y enclave necesario para visitar la Isla del Sol y la Luna en el Lago Titicaca. Aparqué a Kawa en un lugar seguro del puerto para pasar dos días de caminatas recorriendo las islas. Caminos escarpados, vistas panorámicas y puestas de sol de película, sin duda, uno de los lugares más especiales en lo que he estuve en todo el viaje.

Todavía con la resaca de tal belleza, recogí a Kawa y continuamos hacia la capital (La Paz). Lo que en un inicio era una ruta sencilla, se complicó a la llegada con un bloqueo nunca antes visto en la ciudad a causa de una importante manifestación. Todos los accesos estaban cortados. ¡Barricadas, fuego, gritos y disparos de fogueo! Le pregunté a Kawa y su respuesta fue “yo no entro por ahí”. Con esa suerte que en ocasiones uno recibe, conocimos a un anciano que nos ofreció acompañarnos para intentar burlar el bloqueo. Se montó sobre Kawa y como si se tratara del juego Comecocos logramos esquivar con bastantes dificultades las barricadas y entrar en la ciudad. ¡Gran pequeña aventura!

Unos días en la ciudad y como algo ya habitual huimos hacia poblados más pequeños donde realmente descubrimos más a fondo la cultura del país. Atravesamos la parte más alta de La Paz, a 4.700 metros (el carburador de Kawa no se resentía) y nos lanzamos adrenalinosos a recorrer la famosa “Death Road” o “Camino de la Muerte”, una carretera relativamente peligrosa de tierra y piedra con unos profundos abismos donde un descuido significaba la muerte. Lo hicimos con mucho cuidado, ya que la rueda trasera de Kawa estaba prácticamente lisa después de más de 12.000 kms.
Actualmente esta ruta ya no se utiliza mucho excepto para los lugareños y las empresas de aventura que ofrecen este recorrido en bicicleta como una atracción turística. Un descenso de 3.000 metros en apenas 100 kms (sin duda muy divertido) que nos llevó hasta Coroico, un pequeño poblado rodeado de grandes montañas circundantes repletas de vegetación y muy acostumbrado al turismo.
De ahí nos movimos a Sorata, otro pequeño pueblo rodeado de naturaleza y donde disfrutamos unos días de su tranquilidad.

La siguiente parada era Oruro, ciudad de paso para llegar a Sucre y Potosí, no sin antes pasar adversidades para llegar que recordaremos toda la vida. Ese día volvimos a abrazar el suelo con Kawa en un camino terrorífico, nos sepultamos en barro, “navegamos” cauces de río y tragamos polvo como nunca antes. Duro, muy duro, pero como siempre, felices de seguir la ruta y el viaje.

En Sucre disfrutamos de sus alrededores y su concurrido centro, y Potosí nos regaló sus carnavales, unos bonitos cerros mineros (algunos como el Cerro Rico, una mina de plata explotada durante muchos años por españoles) y el Ojo del Inca, un enigmático lugar entre las montañas.

Siguiente destino, Uyuni y su salar, una joya de la naturaleza, un lugar esperado por ambos.

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CAPITULO 7 (Desafío Dakar Uyuni)

Como verdaderos pilotos de carreras llegamos a Uyuni, un pueblo crecido por la llegada del famoso Dakar. Un lugar sencillo y muy básico pero con un entorno único, en el medio de la nada y rodeado de sal y arena.

No sabíamos que nos íbamos a encontrar más allá del pueblo la mañana que iniciamos la ruta para conocer el famoso Salar y los tres días de camino que había hasta cruzar la frontera a Chile, nuestro siguiente destino.
Los locales nos avisaron que iba a ser un trayecto duro, que con moto era peligroso y que se podía complicar mucho. Recuerdo la mirada con Kawa, era la de dos desafiantes enamorados que querían continuar y arriesgarse. Un mirada de “ojos a faros” más real de lo que se podía imaginar. ¿Cómo no hacerlo? ¿Cómo no cumplir un sueño?

* DÍA 1: Primera etapa (Uyuni – San Juan de Rosario):

Pueblo de Uyuni – Enlace final Salar (Etapa de 105 km. 100% pavimento de sal).
Hora: 10 de la mañana.

Cargo equipaje, tanque de gasolina lleno, reviso a Kawa y nos dirigimos al punto de encuentro de todos los mega 4×4 que esa mañana partían en tour cargados de turistas. Nuestra idea era seguirlos y en caso de pérdida (íbamos sin GPS) seguir las marcas de los neumáticos. Arrancamos la aventura con ganas, con algo de incertidumbre y por qué no decirlo, con algo de miedo por lo que nos habían dicho que nos íbamos a encontrar.
Todo empezó bien, pasamos por el famoso cementerio de trenes e hicimos una parada para fotografiarnos en el monumento al Dakar (¡fotaza!). Seguimos en línea recta sobre un mar de sal espectacular, una autopista gigante adoquinada por la naturaleza en forma hexagonal que nos condujo hasta la Isla Incahuasi, en el medio del Salar y punto casi obligatorio para visitar.

Un rato después nos pusimos de nuevo en marcha para acabar de cruzar el Salar y llegar al enlace que nos llevaría a nuestro destino de ese día. Pero Kawa se empezó a recalentar, tenía toda una capa de sal en el radiador que no le permitía respirar. Le di agua y subsanamos provisionalmente el problema. Me dijo que lo estaba pasando mal, que saliéramos de ahí cuanto antes, que no sabía cuanto más aguantaría. Yo en ese momento me quedé algo intranquilo, no podíamos quedarnos ahí, en la nada de la nada, solos, sin GPS y rodeados de un mar de sal. El problema era que no podíamos reducir la velocidad, sino perdíamos el rastro del 4×4 que teníamos delante y que nos guiaba desde la mañana. Le pedí a Kawa un último esfuerzo, le dije que aguantara unos kilómetros más hasta el enlace, y como una campeona es lo que hizo.

Enlace final Salar – San Juan de Rosario (Etapa especial de 76 km. Terreno arenoso-rocoso y serrucho).

Una vez fuera del Salar y ya sobre pavimento de tierra, decidí parar unos minutos para descansar y aprovechar a limpiarle de nuevo el radiador a Kawa con la última botella de agua mineral que nos quedaba.

Seguimos la ruta detrás de un 4×4 que nos bañaba de tierra, piedras y polvo. Era imposible ver algo, el terreno era el peor hasta el momento, temblábamos sin parar y el cansancio poco a poco iba apareciendo. Lentamente el sol nos fue abandonando y la conducción se complicó, pero logramos llegar al anochecer a una posada en San Juan (Hotel de Arena), extenuados, con los huesos rotos y con ganas de nada. Le atornillé un par de cosas a Kawa, disfrutamos durante unos minutos del impresionante cielo repleto de estrellas y nos fuimos a dormir.

* DÍA 2: Segunda etapa (San Juan de Rosario – San Pedro de Atacama):

San Juan de Rosario – Enlace Ollagüe (Etapa Especial de 81 km. Terreno arrenoso-rocoso).
Hora: 7 de la mañana.
 

Duché a fondo a Kawa para eliminar cualquier resto de sal del día anterior y que me agradeció gratamente. Comenzaba el segundo día de ruta. Hablé con un chófer de un 4×4 para preguntarle si tenía algún problema en que le siguiera (el chófer del primer día se había largado sin avisarme). Me dijo que adelante, pero que no se responsabilizaba de nada.

Solo salir del poblado en una zona de dunas la rueda delantera de Kawa se clavó entera en la arena, nos caímos y el 4×4 continúo sin mirar atrás. Estamos en la mierda Kawa, ¿lo sabes, no? Enterrada en la arena fui incapaz de levantarla, los 220 kg eran mucho para mi flaca complexión.
A lo lejos divisé animales y deduje que algún pastor podría merodear por ahí, así que empecé a caminar. Unos kilómetros después lo encontré, era un señor mayor (80 años más o menos), que amablemente aceptó caminar conmigo de vuelta y ayudarme a levantar a Kawa. Así hicimos, empujamos los dos hacia arriba y logramos ponerla derecha. El hombre, de pocas palabras, se fue por donde vino y nosotros seguimos nuestro camino.

Continuamos, solos, sin ninguna referencia, únicamente las marcas de neumáticos de los 4×4. ¡En esos momento hubiéramos pagado oro por un GPS! Al cabo de unos kilómetros me di cuenta que estábamos perdidos, de nuevo en la nada, rodeados de llanuras y montañas en el horizonte. Nuestro instinto nos hizo continuar y elegimos seguir por una senda con las marcas de neumático más marcadas. Después de un rato a la deriva, a lo lejos en el horizonte vimos que algo levantaba polvo, iba muy rápido, parecía un vehículo. Aceleré a Kawa, jugándonos la vida entre arena, matorrales y piedras hasta que logramos alcanzarlo y pararlo a base de bocinazos. Eran 2 guías que amablemente nos indicaron la dirección y nos aconsejaron no continuar por la ruta que habíamos pensado.
La acumulación de kilómetros en tal diversas superficies pesaba en mis hombros y en toda la maquinaria de Kawa. Las condiciones eran tan duras que replanteamos la ruta y decidimos cruzar la frontera por Ollagüe hasta San Pedro de Atacama y abandonar la ruta que nos habíamos marcado. Llegamos con apuros, Kawa sin gasolina en su depósito y yo abatido.

Enlace Ollagüe – San Pedro de Atacama (Etapa de 302km. Ripio suelto/firme y asfalto).

Ollagüe era de película, un pueblo en medio de la nada junto a un volcán humeante y unas vías de tren que transportaban sin cesar minerales. Según como lo mires, un lugar para flipar. Necesitábamos buscar gasolina, pero en el pueblo no había gasolinera ni nada que se le pareciera. Nos dijeron que preguntáramos en un ¡ultramarino! y en un ¡restaurante!, pero sus respectivos dueños nos dijeron que se les había acabado la gasolina, pero que les quedaba chuletón. Ante esta situación desesperada decidimos buscar al alcalde del pueblo y pedirle ayuda.

Nos recibió Jorge, el alcalde en funciones. Le expliqué la situación. Recordaremos toda la vida sus palabras, “David, no te preocupes, se trata de un caso humanitario y te voy a regalar del depósito municipal los 6 litros de gasolina que necesitas para continuar”. Un ángel había aparecido en nuestro camino y le estaremos eternamente agradecidos.
Después de las respectivas fotos y abrazos de gratitud continuamos unos cuantos kilómetros de camino pedregoso (donde por cierto, perdí el saco de dormir de tanta vibración) y asfalto hasta San Pedro de Atacama, pasando por la ciudad de Calama donde repostamos de nuevo, esta vez en una gasolinera.

Se dice que algunas de las motivaciones de los corredores del Dakar son cumplir un sueño, un deseo tenaz, llegar hasta el final. Ahora sentimos que tenemos algo en común con ellos, podemos asegurar que para nosotros fue uno de los desafíos más bestias de nuestras vidas y estamos contentos de haberlo vivido y superado. Sólo 2 días de travesía en los que, tanto yo como Kawa, sentimos sin duda el verdadero espíritu dakariense.

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CAPITULO 8 (Intento de divorcio)

Fue tan duro nuestro paso por Bolivia que Kawa habló con su abogado. Decía que estaba molesta, que se sentía maltratada, que habían sido muchos días de trote para su carrocería y que se quería divorciar. ¡Vaya, que estaba de calentón!

Me pedía daños y perjuicios por los cientos de kilómetros de ripio, arena, sal, barro y tierra que habíamos recorrido durante las dos últimas semanas.
Lo estuvimos hablando y llegamos a un primer acuerdo. Le prometí que por Chile iríamos por carreteras asfaltadas, gasolina de calidad y buenos parkings en hostels. A primera vista cedió, aunque me dijo que necesitaba pensarlo y que me diría algo al día siguiente durante el alba.

La verdad es que el camino había sido duro, todo por mi cobarde-valentia de llevarla por lugares remotos donde apenas había nada y corría fuerte viento. Acariciamos el suelo juntos en varias ocasiones, nos bañamos hasta las rodillas-carburador cruzando ríos secos desbordados, flaqueamos de gasolina y nos perdimos en lugares impresionantes e insólitos, en silencio, ante la inmensidad de montañas y llanuras que nos hicieron sentir muy pequeños.

Era imposible y muy triste que después de todo lo vivido juntos la relación se pudiera acabar ahí. Era demasiado lo que faltaba por descubrir como para parar el reloj en ese momento.

A la mañana siguiente me levanté temprano, el cielo estaba todavía oscuro. Me preparé un café y esperé sentado fuera de la tienda de campaña a que Kawa me comunicara su decisión. Estaba nervioso.
De repente el faro de Kawa se encendió y empezó a comunicarse en clave morse:

Kawa: ¿¡Pero qué haces ahí parado!? ¿Dónde están las maletas?

Yo: Pero…

Kawa: Lo he estado pensando y la verdad es que lo único que deseo es continuar este viaje contigo, aunque esté un poco enfadada. La verdad es que me has intentado cuidar todo lo que has podido, eso no lo puedo negar. He sido algo egoísta porque tú también has pasado unas últimas semanas complicadas. Además llevaba la suspensión muy dura y me he cargado tu espalda.

Yo: Bueno, eso no es nada, ya estoy mejor.

Kawa: Y también consumo mucho aceite y a veces hago ruidos raros…

Yo: Ya, pero tampoco quiero que te flageles. Yo tampoco soy perfecto.

Kawa: Bueno, entonces, ¿nos vamos de aquí?

Yo: ¡Arranca que voy a por los macutos!

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CAPITULO 9 (Descenso chileno)

(Conversación en bar de carretera)

Yo: Kawa, ahora que nos hemos reconciliado, ¿te apetece que visitemos todo lo que nos ofrecen los alrededores de San Pedro de Atacama?

Kawa: ¡Claro! Aunque seas un imbécil todavía te sigo queriendo.

Yo: ¡Ah, gracias! Si quieres podemos empezar por el Valle de la Luna y el Valle de la Muerte, seguir por los Geisers y hacer también la Laguna Cejar.

Kawa: ¡Para, para, no vayas tan rápido! ¿Cómo está el camino para llegar?

Yo: Creo que mal…

Kawa: ¡Mierda David, me prometiste otra cosa!

Yo: Lo sé Kawa, pero sabes de sobra que para contemplar lugares primorosos y únicos se tiene que ir por pistas así. ¡No te me quejes!

Kawa: ¡Bueno…tienes razón! Había olvidado que estoy fabricada para apisonar esos terrenos y dejarlos firmes. Además en el fondo me gustan y disfruto. ¡Vayamos!

Yo: Sabía que ibas a recapacitar y a sacar ese espíritu y alma japonesa que tienes. Te quiero.

Kawa: Yo también te quiero. Pero después me prometes que me quitarás todo el barro que lleve encima, ¿vale?

Yo: Te dejaré como nueva, no te preocupes. Compraré el mejor jabón y la mejor grasa para la cadena.

Una vez solucionado el tema con Kawa y hacer el check-out en San Pedro, nos lanzamos a la aventura por la Ruta 5 para descender por el Pacífico hasta Santiago de Chile.
Fueron varios días de recorrido donde fuimos conociendo a nuestro paso pequeños pueblecitos costeros, Taltal, Bahía Inglesa y Punta Choros, para acabar regalándonos unos días en La Serena y el valle del Elqui, donde descubrimos por primera vez sus extensos cultivos de vid con la que elaboran el pisco, la bebida nacional chilena.
Fueron días también en los que cambiamos los campings y los hostels por colchones de arena en playas que retaban al pacífico las 24 horas, días en los que la soledad ganó a las grandes galas, días en los que canjeamos lugares en montañas por atardeceres y amaneceres frente al mar. Días que recordaríamos toda nuestra vida.

Cambiando de tema y para ir acabando este capítulo, decir que a diferencia con nuestro paso por Bolivia, apreciamos un cambio mayúsculo en el trato con la gente, mucho más cercana, amable y dispuesta a ayudarnos en cualquier momento. No sabía exactamente si esto se debía a los propios chilenos o a las sinuosas curvas de Kawa que volvían loco a cualquiera.

¡Estábamos de subidón, nos esperaba todavía un largo recorrido por Chile!

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CAPITULO 10 (Secuestro express)

Rompemos la continuidad del viaje y hacemos un break en la ruta para hacer algo importante en la vida, pasar tiempo con amigos y asistir a sus bodas. Esta vez la de Javi (chilena) y Xavi (español).

Yo: Kawa, este finde salgo solo, me han invitado a un evento.

Kawa: Vale, yo aprovecharé y me iré de Spa a relajar el motor un poco.

(Conversación telefónica 10 días más tarde)

Kawa: ¿Pero dónde estás?

Yo: Kawa, ¡me han secuestrado!

Kawa: ¿¡Qué…!?

Yo: Sí, después de la boda. Todo pasó muy rápido.

Kawa: ¿Pero quién?

Yo: Dice que se llama Jóse, es español y que viene de otro planeta.

Kawa: David, percibo que mientes. ¿Jóse no era uno de los amigos de la boda?

Yo: ¡Vale, me has pillado! La verdad es que la boda se nos fue de las manos, alquilamos un 4×4 y nos fuímos a lo demente a visitar el sur. Talca, Villarica, Osorno, la isla de Chiloé, Valdivia,… ¿No estarás celosa?

Kawa: ¡Qué va! ¡Cómo me voy a comparar con un Mitsubishi 4×4 L200, por favor! Únicamente estaba preocupada, por un momento pensé que quizás necesitabas ayuda y tenía que irte a buscar.

Yo: ¿Y tú, qué tal en el Spa?

Kawa: No sabes lo bien que sienta un baño de burbujas anticorrosivas, una ducha de líquido anticongelante, un masaje carburalizado, pedicura de freno, una queratina con aceite de motor y un baño de sales iódicas. ¡Me siento como nueva!

Yo: ¡Perfecto! Vamos a necesitar toda esa energía para nuestra próxima ruta. Estoy llegando a Santiago, te paso a recoger y seguimos el viaje. Vete preparando.

Kawa: Ok, date prisa que tengo muchas ganas de conocer Argentina.

La verdad es que los dos estábamos impacientes y expectantes por conocer en persona a la famosa Ruta 40 de la que tanto nos habían hablado. Una carretera que comparte ripio y asfalto y que peina más de 5.000 km de superficie terrestre de norte a sur de Argentina. El objetivo, recorrerla hasta la Patagonia.

 

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CAPITULO 11 (Ruta 40 vs Carretera Austral)

Abandonamos Chile tristes, nostálgicos, con ganas de volver. Dejamos atrás muchos momentos, lugares y personas que nos han arrancado, algo o mucho, en el camino. El viaje continúa…

Atravesamos los Andes por el Paso Libertadores junto al Aconcagua hasta cruzar a Argentina, donde hacemos escala en Mendoza. Ahí pisamos por primera vez la célebre Ruta 40, de la que tanto nos habían hablado. A primera vista no impone tanto, no vemos ni ripio, ni dinosaurios rosas con seis cabezas, ni pinos fosforitos como nos habían prometido. El alquitrán se ha encargado de eliminar cualquier rastro natural. Recorremos la ruta dirección sur, conociendo pueblos como Malargüe, Aluminé, Bariloche, El Bolsón,… hasta llegar a Esquel, donde cruzamos de vuelta a Chile para recorrer la Carretera Austral dirección la Patagonia. Nos sorprende muy gratamente lo que encontramos, nos maravillamos cada pocos kilómetros, todo está vivo, listo para ofrecerte su mejor cara. Conocemos Coyhaique, el Lago General Carrera y su catedral natural de mármol, Cochrane,…y un sinfín de rincones que serán difíciles de olvidar.

Después de recorrer cerca de 2.000 km a través de éstas dos carreteras, fuimos conscientes de lo afortunados que éramos. Sin duda, fueron unas semanas en las que no dejaron de impresionarnos sus contrastes, desde los paisajes áridos y desérticos de la Ruta 40 hasta la explosiva vegetación y ríos bravos de la Carretera Austral. Si tuviéramos que elegir y quedarnos con alguna lo tendríamos difícil, aunque ellas lo tienen más claro que nosotros.

Ruta 40: Dicen de mí que soy extensa, infinita, de carácter peligroso y aventurera. ¡No hay nadie como yo!

Carretera Austral: ¡Eso te lo dice la gente para quedar bien! No vales tanto la pena, eres un mito que no sorprende. En cambio yo, soy mediana pero atractiva, sinuosa, colorida y con unos escenarios top.

Ruta 40: Tu ripio destroza las cubiertas de las motos, en cambio, el mío, tiene menos aristas y es más estable.

Carretera Austral: ¿Y tú…? que estás más asfaltada que un parking de supermercado y con menos peralte que la plaza de mi pueblo.

Ruta 40: Ya, pero tú no tienes gasolineras en muchos kilómetros y además hueles a barro.

Carretera Austral: Tú eres aburrida y más larga que un día sin pan.

Ruta 40: Bueno, eso no es verdad del todo, tengo un poco de todo. Tengo un montón de historias para contar a mis nietos.

Carretera Austral: Ya, pero excepto en tu grupi de amigos, no acabas de convencer. Mi abuela, que era una antigua ruta de los incas, me decía que el buen asfalto se encuentra en carreteras pequeñas, y tú cariño, eres muy grande.

Algunas voces dicen que llevan peleando siglos, siempre compitiendo y resaltando sus egos. En nuestra opinión son dos “grandes” de sudamérica que ofrecen belleza, atractivo y aventura a todo el mundo que las recorre.

¡Seguimos el camino hacia el sur! ¡Continuamos cumpliendo un sueño!

 

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CAPITULO 12 (Descubriendo el sur)

Esta semana, digamos, es especial. Estamos conociendo la zona más austral de América y cumpliendo un sueño del que veníamos soñando tantos meses atrás. No deja de ser otra etapa en el camino, pero la sentimos más representativa que otras que ya hemos pasado. Posiblemente porque cumplimos el ecuador del viaje por Sudamérica, y mirar atrás y ver que después de tantos kilómetros seguimos juntos, es sin duda algo muy hermoso y personal.

El panorama que nos encontramos es muy diverso, desde el glaciar Perito Moreno en Calafate, pasando por Puerto Natales, con sus Torres del Paine como abanderadas, hasta la ciudad cosmopolita y comercial de Punta Arenas, bañada por el famoso Estrecho de Magallanes, que convirtió a la ciudad en una de las más importantes de Chile. Una imagen curiosa que vemos repetidamente es la inclinación que tienen sus bosques y vegetación a causa del fuerte viento que siempre golpea la zona. Ante estas situaciones, Kawa se convertía en velero, yo en capitán, y surcábamos las carreteras como si de un océano se tratara.

El sur es frío, nada amable para los más calurosos. La feroz masa antártica juega con sus reglas y deja poco juego al azar. Tenemos suerte porque la época no es ni de las más frías ni más lluviosas, lo que no evita que lleguemos a Ushuaia prácticamente con síntomas de congelación en manos y pies. Con más necesidad de una buena ducha caliente que de cualquier otra cosa, nos encontramos alojados en una casa particular, fruto de un contacto, la cual no gozaba ni de ducha ni de agua caliente. Por no haber, no había ni calefacción, en su lugar, una cazuela de agua hirviendo que calentaba la habitación con su vapor. Experiencia única que muy profundamente agradecemos a nuestro anfitrión.

Visitamos el Parque Nacional de Tierra de Fuego y llegamos al punto llamado el “Fin del Mundo”, donde ya no es posible continuar por carretera. Nos perdemos entre sus bosques verdes y amplios lagos, poblados de animales en total libertad. Llueve y hace frío, lo que nos hace iniciar en pocos días el camino de vuelta hacia el norte, esta vez bordeando la costa atlántica de Argentina.

Todas las experiencias nómadas que estamos viviendo nos están haciendo ver que se puede ser siempre más feliz. Estamos orgullosos del camino recorrido y excitados por las historias que todavía nos depara el futuro.

 

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CAPITULO 13 (No es oro todo lo que reluce)

Nos habían avisado que no esperáramos mucho de la costa atlántica argentina, quizás Península Valdés, sus ballenas y poco más. Esas voces tenían razón, desde Río Gallegos hasta Mar de Plata hay poco que ver y visitar. Carreteras rectas, pampa a ambos lados, huanacos y vicuñas homicidas, señales que te dejan claro que las Malvinas son argentinas y ciudades mimetizadas color marrón con pocas historias actuales que contar. Eso sí, los cerca de 3.000 km inapetentes que recorrimos con Kawa nos dejaron tiempo para pensar un poco en todo. Analizar lo ya vivido y preparar lo que se nos venía, sin olvidar a tener siempre en cuenta la locución latina “Carpe Diem”.

Pensando…se me viene a la cabeza un fragmento del afamado poema de Antonio Machado, que en cierta manera puede resumir esta historia:

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar…

Por el camino nos topamos con Comodoro Rivadavia, ciudad que vive de la extracción de petróleo, Puerto Madryn y sus ballenas, Bahía Blanca y su nada, Mar de Plata, el resort para los porteños y finalmente Buenos Aires, la capital del imperio, imponente, bañada por el Río de la Plata y la más parecida a una ciudad europea.

Abandonamos Argentina, rumbo a Uruguay.

 

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CAPITULO 14 (Bodas de plata)

Un momento así, necesita algo especial. ¿Por qué no un poema para celebrarlo?

Veinticinco mil kilómetros a tu lado recorriendo el mundo,
miles de paisajes vividos juntos.
Experiencias que nos dejan,
savia nueva y oxígeno puro.

Veinticinco mil kilómetros de aventura,
de estar perdidos, confundidos, abatidos.
Instantes de rápido consumo,
amistades fugaces durante el camino.

Veinticinco mil kilómetros de vida, contigo a mi lado,
alegrías y sollozos derramados.
Momentos pletóricos, aire fresco,
momentos platónicos, corazones abiertos.

Veinticinco mil kilómetros para celebrar,
venturosa y dilatada andanza,
que seguiremos viviendo,
hasta que nuestros cuerpos digan “basta”.

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CAPITULO 15 (Uruguayilandia)

Al Centro-Este de Sudamérica se encuentra Uruguay, estado que parece más un testículo colgante de Brasil que un país en sí mismo. Esto último desde un punto de vista geográfico, ¡claro! Y sin intención de ofender a nadie.

Entramos, y lo que vemos a primera vista nos preocupa. Inundaciones que hacían invisibles a granjas, carreteras y praderas. Animales hacinados en las orillas de la carretera como último salvavidas. Incluso me pareció ver a Noé y su arca (esto último fruto probablemente de mi cansancio mental). Sin duda, a primera vista, no era el Parque de Atracciones que nos habían vendido.

Pisamos primero Mercedes, pueblo en alerta, Dolores, otro pueblo junto al río y que había sufrido unos días antes un “Tutuki Splash” destructivo nunca visto anteriormente. Continuamos encontrándonos carreteras cortadas, maquinaria trabajando a destajo y desvíos hacia caminos secundarios por donde poder continuar. Nos alejamos del desastre y nuestra primera noche la pasamos en la bonita ciudad de Colonia, donde nos adentramos para descubrir sus “Pasajes de Aladin”.

Después de unos días haciendo cola, nos montamos en el “Crazy Jump” y aterrizamos en Montevideo, pero a Kawa no le gusta la ciudad. Estamos un par de lunas crecientes y nos vamos para Punta del Este. La situación mejora algo, la ciudad nos regala unas preciosas puestas de sol y un baño en “La piscina de bolas chinas”. Le toca el turno a Valizas, que nos mimosea con cinco días en la playa en una Hippie House Garden Hostel Power.

Uruguayilandia es pequeña, se visita relativamente rápido. También es llana, uniforme, con abundante vegetación, de corazón abierta y de carácter seria. Algunos sarcásticos dicen que “los uruguayos son argentinos pero con educación”, ¡qué cabrones! Si tuviera que buscar slogans para definir Uruguayilandia podrían ser “País de calma”, “Laguna de tranquilidad”, “Calma que te quiero calma”.

Volviendo al tema de la ruta… después de unos días bordeando la costa de oeste a este, decidimos esta vez partir el país de sur a norte, como quien corta un pan en dos. Justo en el centro, junto al lago “Beautiful Fireworks Lake”, está San Gregorio de Polanco, al que llegamos con dificultades después de una desllantada histórica de Kawa en mitad de un camino de piedras y que logramos solventar gracias a la ayuda de la familia de los “Siete enanitos guías”. En el norte, a las afueras de Tacuarembó conocemos a un grupo de personas que nos alojan en una pequeña comunidad autóctona independiente donde todos ellos tenían un rol. Relax nivel Top Ten.

Y estas fueron básicamente las dos semanas que Uruguay (Uruguayilandia) nos regaló. ¡Muchas gracias!

 

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CAPITULO 16 (Punto y seguido)

* 10 horas de la mañana, 13 de abril (Frontera de Paysandú)

Sello pasaporte, hacemos Aduanas y la Señora Argentina nos da de nuevo la bienvenida.

Argentina: ¡Pareja, de nuevo por aquí! ¿Cómo fue por Uruguay?

Yo: Muy bien, nos ha gustado mucho. Y tú, ¿cómo estás? ¿Algo nuevo?

Argentina: Pues yo estoy convaleciente, dice el médico que tengo la inflación por las nubes. Imagínate que ayer compré un paracetamol por 10 pesos y esta mañana valía 100.

Yo: ¡Joder! Lo siento mucho.

Argentina: Yo también lo siento por vosotros. Todo os va a costar más esta vez.

Yo: Mmmm….

Kawa: ¡David!, ¿no estarás pensando bajar la calidad de la gasolina para ahorrar, ¿no?

Yo: No, no, como se me iba a ocurrir eso. Tú eres lo primero.

Kawa: Que nos conocemos… y además ya sabes cómo me sienta ese petróleo sin refinar.

Argentina: Y bueno, contarme… ¿Para donde váis?

Yo: La idea es visitar el norte. Iremos hasta Córdoba y de ahí hacía las provincias de Salta, Jujuy,…

Argentina: ¡Bonita ruta! Sobretodo el último tramo de la Ruta 40.

Kawa: También nos han dicho que la sierra de Córdoba es muy linda.

Argentina: ¡Sí! y La Quebrada de las Conchas en Cafayate, la montaña de los 14 colores en Tilcara, etc. Chicos, de verdad, tenéis una buena ruta. Disfrutarla y me váis contando.

Yo y Kawa: ¡Ok, te iremos mandando whats-ups! ¡Y si necesitamos dinero ya iremos al Banco de la Nación!

Llegamos a Rosario y nos recibe mi amigo alemán Manuel (también viajando con su moto-mujer Suzu). Ambos nos hospedamos en casa de una couchsurfer que nos enseña los mejores rincones de la ciudad. Estamos unos días y continuamos el viaje hacia Córdoba los cuatro juntos (yo, Kawa, Manuel y Suzu).

En Córdoba alternamos la búsqueda de piezas para las motos con reuniones entorno a asados. Esa semana el viaje guarda una sorpresa, me visita unos días Sofía que viene a verme desde Santiago de Chile, dispuesta a montarse en Kawa y recorrer los tres juntos los pueblecitos de la sierra cordobesa: Cumbrecita, Villa General Belgrano, Merlo y San Antonio. Una zona muy bonita repleta de arquitectura alemana y donde algún nazi en su momento escapó para esconderse en este paraíso. (en serio).

Llega el triste día en el que Sofía vuelve a casa y nosotros continuamos el viaje. Toca ir subiendo hacia el norte, destino Catamarca, ciudad de paso. Al día siguiente pisamos tierras de Tucumán, y de ahí saltamos a Salta por el paso Abra del Acay a 5.000m. ¡Increíble ese camino de la Ruta 40!

El contraste con el resto de Argentina es claro, Tilcara y su población nativa, por ejemplo, tiene más similitudes con un pueblo boliviano que con uno argentino. Paisajes vivos que al mirarlos se vuelven inertes, patrimonio histórico-cultural como ningún otro y gastronomía básica nivel “cada día lo mismo”.

El presupuesto arrecia, así que tenemos que recortar los días dirección Paraguay. Antes toca hacer una parada obligatoria para dormir en la ciudad fantasmagórica de Ingeniero Juárez, antes de cruzar la frontera a Asunción.

¡Gracias por todo Argentina, recordaremos siempre tu mate y tus grandes asados!

 

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CAPITULO 17 (The fast and the furious – Paraguay)

Traspasamos la frontera de Paraguay a 200 km por hora haciendo un caballito y sin camiseta, los funcionarios de fronteras se quedan flipando y Aduanas llama a refuerzos. Empieza una persecución de película por las calles de Asunción, mercados de fruta destrozados a nuestro paso, aceras invadidas, derrapadas humeantes, contra direcciones y ancianos petrificados por el espectáculo. Finalmente logramos escapar.

En Paraguay estamos muy poco, hacemos una gira de 10 días, menos de lo que tarda una tormenta en llegar de punta a punta del país. No es una zona muy acostumbrada a recibir turismo y menos a tipos sin camiseta montados en su mujer, en parte porque hay poco qué ver y también por su ubicación fuera de todas las rutas turísticas. Igualmente tiene lugares para visitar, especialmente sus ciudades fronterizas (Encarnación, Ciudad del Este, Pedro Juan Caballero) donde el contrabando es la moneda de cambio. Aproveché y le compré a Kawa un escape MFBF (Metrakit Fuck Bigger Fight) y desde entonces somos más felices.

Visitamos también pueblecitos del interior, algunos de ellos muy bonitos como Ypacarai o Caacupé. Una noche nos vemos metidos en una pelea callejera donde intentan arrancarle las pegatinas a Kawa. Tras horas de forcejeos y acelerones logramos escapar fast and furious hacia Laguna Blanca, a una casa de un religioso narcotraficante en el centro del país. Pasamos la noche y al día siguiente continuamos por caminos de tierra hasta cruzar la frontera de Brasil y dejar atrás a todos los macarras que nos perseguían.

Paraguay, gracias, fue corto pero intenso.

 

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CAPITULO 18 (Hacia el norte)

Con mi portuñol y moviendo las caderas a ritmo de samba entramos a Brasil. Nuestra primera cama nos la ofrece Bonito, un pueblo entre la selva, poco sambero pero con muchas cosas que hacer y visitar. Aún así, no nos quitamos de la cabeza la idea de llegar a la playa y ver el mar, así que arrancamos hacia la costa pasando por Presidente Prudente y Sao José dos Campos, hasta llegar a Río de Janeiro.

Acercándonos al resplandor de la ciudad, vemos reflejados en el cielo 5 aros entrelazados de colores y aviones supersónicos pasando entre ellos lanzando botellas de Cachaça y preservativos. ¡Mierda, empiezan las Olimpiadas!

Kawa: Va a estar llena la ciudad.

Yo: ¿Qué hacemos?

Kawa: Orientémonos hacia el norte y huyamos rápido.

Yo: ¡Espera, espera! tenemos que ir aunque sea unos días, te lo prometo. Es importante.

Días en los que ponemos los pies en remojo en el mar y conocemos algo más la ciudad. Días de reencuentros, paseos y ajetreo preolímpico. Pasadas unas jornadas aligeramos y seguimos hacia el norte, dirección Bello Horizonte, zona del interior con otro tipo de atractivos más naturales. Desde ahí recorremos pueblitos hechizados por la madre Brasil y descubrimos otro país más humilde, donde parece que el propio sistema haya hecho que la gente baje sus brazos por conseguir algo mejor. Rutas con palmeras a los lados y abundante vegetación. Sin duda también, un Brasil espectacular. Volvemos a la costa con la intención de seguir el litoral y peregrinamos durante 4.000 km a través de Puerto Seguro, Arraial d’Ajuda, Ilhéus, Itacaré, Itaparica, Aracajú, Pipa, Itapajé y Bacabal, hasta llegar a Belém (desembocadura del Amazonas). El plan, navegarlo todo hasta su nacimiento en Perú.

Gran recorrido y grandes personas las que hemos encontrado en el camino. Muchas gracias a tod@s por vuestra inconmensurable ayuda.

 

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CAPITULO 19 (100% Amazonas)

El fuerte sol y el azul claro del cielo iluminaban Belém. El calor y la humedad empapaban nuestros vigorosos abdómenes. Estábamos expectantes y algo nerviosos, por qué no decirlo, por iniciar la última etapa del viaje por Sudamérica. El reto, navegar a contracorriente y cruzar de punta a punta el Amazonas por sus más de 6.000 kilómetros de cuencas serpenteantes repletas de toda clase de vida.

El itinerario y el timing eran atrevidos, teníamos que recorrer todo el trayecto en 3 semanas, tirando largo, teniendo en cuenta que la velocidad media de las barcazas era de unos 10 km a la hora.

De Belém, puerta de entrada al corazón de la selva, además de ser una ciudad portuaria vinculada al comercio, nos dirigimos a Manaus, capital del estado de Amazonas, y también vinculada al comercio y a la permuta. Fueron 6 días de travesía, en las que tuve mucho tiempo y pocas cosas que hacer, excepto leer, comer arroz, pollo y frijoles, tumbarme en la hamaca donde dormía, charlar con el resto de viajeros (casi todos locales) y observar, sí, observar la vida a mi alrededor.

El siguiente destino, después de 5 días más de navegación fue Tabatinga, última ciudad brasileña y vecina de rellano de Leticia, ciudad colombiana y Santa Rosa de Yavarí, ciudad peruana. A esta peculiar zona del Amazonas la llaman la triple frontera.
De Tabatinga a Santa Rosa tuvimos que cruzar el río en una pequeña canoa hasta lograr alcanzar otro barco que nos llevaría a nuestro siguiente destino, Iquitos. Nervios y precariedad fueron la tónica en estos trayectos, en los que hubo momentos que vi a Kawa muy cerca de sumergirse en el fondo del río. Mi sobreprotección hizo que prácticamente no recibiera ningún rasguño y como siempre, me lo agradeció.

Hasta Iquitos fueron 3 días más de adoración a los dioses de la protección, donde los días cada vez pasaban más lentos. Sin ya lectura, cansancio acumulado y limitaciones de todo tipo, el viaje se iba endureciendo a cada minuto. Las embarcaciones peruanas, sacadas prácticamente del desguace, eran más incómodas y roñosas que las brasileñas. La diarrea no cesaba.
Durante los días de navegación no corrió ni el tiempo ni la gente, únicamente los puertos eran los que despertaban la vida en el barco y nos hacían volver a la realidad.

A nuestra llegada a Iquitos encontramos el primer tramo asfaltado que nos permitió adelantar hasta Nauta y ahorrar 12 horas de barco, que con Kawa hicimos en una hora y media. Pasamos la noche con una familia muy humilde de locales que conocimos en un mercadillo, y al día siguiente a las 4 de la madrugada nos dirigimos al puerto, por llamarlo de alguna manera, para continuar hasta Yurimaguas y acabar, por fin, el viaje amazeónico que habíamos empezado 17 días antes.

El desembarco, esta vez el definitivo, volvió a ser intenso, rudo, peleón entre tanta multitud y buscavidas portuarios que solo buscaban ayudarte o aprovecharse a cambio de alguna moneda. Momentos de zozobra y gritos al cielo por haber llegado bien. Con prácticamente nada en el estómago y con ganas de desaparecer de ahí, decidimos continuar, esta vez ya por carretera. Las ganas de volver a montar a Kawa me devolvieron las fuerzas que necesitaba para continuar. Estaba cansado después de tantos días y hastiado de no tener controlada en ningún momento la situación.
Después de unas horas de ruta, llegamos a Chachapoyas, donde pasamos un par de días visitando el pueblo, y Kuélap, un poblado preinca ubicado en los Andes.

Avistando ya la recta final de la primera fase del viaje, cruzamos velozmente la frontera de Ecuador y en menos de una semana la de Colombia, para llegar finalmente a Cali, la ciudad que nos vio partir y donde conocí a la mejor compañera que he tenido durante el viaje, Kawa.
Prácticamente un año después volvíamos a nuestros orígenes sudamericanos, sanos y salvos y con una experiencia de vida tan extraordinaria que recordaré siempre con lágrimas en los ojos.

 

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CAPITULO 20 (Segunda parte)

Tener planes es tener sueños, y nosotros tenemos mucho de los dos. Empieza la segunda parte del viaje con una incorporación nueva; Sofía, chilena, 32 años y acérrima animalista.

Colombia vuelve a ser el punto de partida, el autor del pistoletazo de salida de la segunda fase del viaje. El plan, recorrer toda Centro América hasta llegar a Baja California, construir una rampa gigante y saltar montados en Kawa el muro del “nuevo papanatas americano”. Quien tiene sueños tiene planes y quien tiene planes tiene sueños. Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, Belice, México y EE.UU (si nos lo permite el Sr. Majadero). Ocho países y muchos rincones por conocer.

Con algunos kilos de más y todavía inexpertos en eso de ir dos en una moto, decidimos visitar el norte de Colombia antes de cruzar a Panamá. Recorremos de ida y vuelta más de 3.000 kms desde Bogotá a Cabo de la Vela (la zona más al norte del país), pasando por Guatapé, Medellín, Planeta Rica, Montería, Cartagena de Indias, Taganga, Minca, Tayrona, Palomino y Riohacha. Un poco de montaña y mucha playa y caribe, ese era el objetivo en esta primera etapa.

Podría escribir muchos blogs sobre la multitud de situaciones vividas y la pluralidad de gente que encontramos durante todo el camino, pero prefiero dejarlo aquí. ¡Hasta pronto!

 

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CAPITULO 21 (Separación forzosa)

No hay nada que joda más que tener que deshacerte de algo o de alguien a la fuerza. Muy a mi pesar y a las puertas de nuestras Bodas de Oro (50.000 Kms) llega el momento de decirle adiós a Kawa. Colombia, y en particular Cartagena, son verdugos y testigos a la vez de esta agria separación.

Estoy triste, pero decidido. Ha sido una decisión difícil, pero inteligente. Sangre fría y mente abierta. Cruzarte funcionarios incompetentes y la mafia de los puertos marítimos es duro de cojones, necesitas tener como mínimo la cabeza por encima de los hombros. Sin olvidar esas leyes que en ocasiones más que legislar generan incomprensibles y patosas situaciones que ni ellos mismos entienden.

Me duele tener que separarme de ella. Ha sido mi mujer, mi camarada, parte de mi alma, la compañera que me ha porteado durante más de 45.000 kms a través de algunos de los escenarios más inhóspitos y espectaculares de mi vida. La máquina que me ha permitido conocer la parte más al sur y norte del continente sudamericano. Juntos, hemos vivido un enlace y una luna de miel, salvado hostilidades, un secuestro, un Dakar, incluso un intento de divorcio, ¡cómo no va a doler separarnos!

El viaje continúa, nadie dijo que fuera sencillo. Ponemos en marcha el plan B.

 

 

CAPITULO 22 (Trampolín a Centro América)

Huérfanos y desamparados pulsamos el botón rojo de emergencia y activamos el plan B. Compramos un billete de avión, volamos de Medellín a Panamá City y buscamos a la madre de Kawa para continuar el viaje en nombre de su hija. Recorremos la ciudad durante días y finalmente la localizamos en una web de vehículos de segunda mano, rollo Tinder para motos. “Se vende Kawasaki KLR 650, año 2006”. Cerramos una cita y nos encontramos. Viste una falda verde que la cubre casi por completo y a los lados luce dos bolsos grises a lo Lady Gaga. Se le ve veterana, guerrera y con experiencia. Hablamos con ella y le comentamos lo sucedido:

Madre Kawa: No puedo creerlo, lloro aceite por la culata, mira. Me dais una noticia muy triste. ¡Mi pobre Kawasita!

Sofía y yo: Para nosotros también fue muy duro.

Madre de Kawa: ¿Qué puedo hacer por vosotros?

Sofía y yo: El deseo de Kawa era llegar a Baja California en México, atravesando todos los países de Centro América.

Madre de Kawa: ¡Desde que era pequeñita fue una soñadora!, pero si es lo que deseaba yo puedo ayudaros. La Panameña para servirles, ¿cuándo partimos…?

Completado el trío, hacemos las maletas y empezamos la orgía. De la capital viajamos al Parque Nacional Soberanía, donde nos encontramos con un trío de brasileños (Thiago, Dani y Jabirú, una Bmw Gs 1200). El feeling entre nosotros es tan rollero, que decidimos continuar los seis juntos. Visitamos Gamboa y el parque nacional, acampamos, nos bañamos en sus cascadas, hacemos trekkings y más orgías. ¡Un no parar!

Dejámos atrás el famoso Canal de Panamá y nos dirigimos “todo-cachondos” a El Valle de Antón, un lugar mágico entre montañas y aguas termales. Aun disfrutando de los bosques que nos rodean, nos entra el antojo de conocer las playas panameñas, así que nos mudamos hasta Las Lajas, otro paraíso, pero con agua salada, mucho sol y kilómetros infinitos de playa.

La gente hasta el momento es encantadora, nos reciben siempre con la bragueta despejada y abiertos a cualquier petición que les hacemos. En cuanto a la gastronomía, un poco de todo.

Boquete es nuestro siguiente destino, localizado en el interior del país es un lugar turístico con un pequeño centro muy concurrido y alrededores repletos de actividades, por cierto, impagables y inaccesibles económicamente para viajeros de nuestro estatus. Así que nos dedicamos a las actividades más económicas de todas, leer, escribir, conversar y contemplar.

Después de tres semanas en el país y muchas orgías a nuestras espaldas, toca continuar y cruzar a Costa Rica. Recogemos el campamento, cargamos a La Panameña y a Jabirú y conducimos hasta la frontera Paso de Canoas. Como de costumbre me dirijo a la oficina de Aduanas con toda la documentación, entrego todos los papeles, me siento, espero, me hurgo la nariz, y tras cinco minutos me comunican que por una nueva ley vigente no puedo cruzar la frontera con La Panameña.

Sudor frío, muy frío, tembleque de piernas y esfínter. Veo claro que el viaje de mi vida peligra por momentos. Cara de incredulidad, ganas de llorar. Me engulle la rabia por dentro y lo único que deseo es quemar entera la frontera. Voy en busca de unas cerillas y 100 litros de gasolina.

Continuará…

 

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CAPITULO 23 (Obligados a delinquir)

Con el bidón de gasolina y la cajetilla de cerillas en mis manos, Sofía piensa lo peor y me hace reflexionar: “Así no conseguiremos nada”. Quizás tiene razón, pienso. Me acurruco en una esquina y me pongo a llorar. “Así tampoco conseguirás nada David”. ¡Mierda, toca hacer algo entonces!

Decidimos intentar por otra frontera, más en el interior del país y mucho más pequeña y accesible. Nos lleva 2 horas llegar a través de una carretera serpenteante, llena de socavones y árboles caídos sobre la calzada. Es un pueblito en la montaña, el agente aduanero que nos recibe calza botas, camisa vaquera y alza sus piernas sobre la mesa con un palillo entre sus dientes. Le entregamos la documentación.

Aduanero: Todo en regla (evidentemente no conocía la nueva ley).

Yo: ¡Genial!

Aduanero: Pero, tenemos un problema, no funciona internet por la tormenta que ha habido y los técnicos dicen que no se sabe cuándo se reestrablecerá.

Yo: Entonces…

Aduanero: …entonces, no puedo haceros el registro de la moto y no podéis pasar con ella. Lo siento, pero está todo informatizado.

Suplico, me arrodillo. Sofía le pone caras pero tampoco reacciona. Se hace de noche y toca volver a nuestra ex-guarida en Boquete a pensar otro plan.

Es domingo y cualquier opción de realizar gestiones acaba siendo imposible, aunque conseguimos un contacto de un motero propietario de una empresa aduanera que en teoría nos puede ayudar. Nos reunimos con él al día siguiente en un hotel en la ciudad de David (existe). Le explicamos el caso, le damos la documentación y nos dice que se puede hacer una re-exportación. Listo, el martes por la mañana volvemos a la frontera Paso de Canoas y entregamos la nueva documentación. ¡Y de nuevo nos niegan el paso! Desesperación…

Sin soluciones, nos planteamos lo peor, delinquir. Como en su momento vimos hacer al Vaquilla o a un tal Bárcenas. Por esas cosas de la vida, conocemos a un tipo en la misma frontera que nos ofrece ayuda y nos propone cruzar a La Panameña ilegalmente al lado de Costa Rica, y una vez ahí, nos hace de vínculo para pagar un soborno de 250 dólares a un funcionario (al final fueron 100) ¡Y así lo hacemos, sin contemplaciones! Bordeamos la frontera, nos hacen el papel de entrada al país, pagamos y se acaban los problemas. Volvemos a nacer.

¡Costa Rica les da la bienvenida!

 

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CAPITULO 24 (Gringolandia)

Érase una vez un lugar maravilloso, donde sus gentes vivían felices y comían perdices, donde existía el término “identidad” y las tierras eran fértiles y de sus campesinos. Pero pasó lo que algunos dejaron que pasara, el país poco a poco se fue vendiendo al capital extranjero y empezaron a llegar los primeros jugadores de Risk gringos con ganas de tirar sus dados, plantar la bandera y conquistar un nuevo territorio en el tablero de juego.

Es común encontrarte en cualquier esquina a un gringo o a una manada de ellos con fardos de billetes, dispuestos a consumir o comprar terrenos, casas e instituciones. El neoliberalismo en lucha contra la salvación de una cultura, con sus tradiciones y costumbres. Una identidad, que sin querer o queriendo, se está aguando, gota a gota, como le ocurre a un cubalibre en un vaso con hielo.

Bajo mi punto de vista, sostengo que no es un país para mochileros de bajo presupuesto. En los supermercados te atracan con los precios, de hecho, las cajeras utilizan pasamontañas, por no hablar de los Parques Naturales, que tienen muchos, preciosos, preparados exclusivamente para el turista con money o Ticos (costariqueños) que pagan cantidades muy inferiores por la entrada. Es cierto también, que si te lo sabes montar puedes subsistir una temporada, pero sin grandes lujos y con la experiencia de un mochilero-buscavidas premium.

Nuestro paso por el país fue rápido, un hola y un hasta luego. Acampamos prácticamente durante todo el recorrido, tanto en zonas de playa como de montaña y donde encontramos lugares de esos en los que te quedarías mirando al horizonte con la mirada perdida durante días. Playa Pavones, los manglares de Sierpe, Uvita, Jacó y su vida nocturna, La Fortuna y su increíble volcán, y finalmente Playa Sámara, donde nos reencontramos con Thiago, Dani y Jabirú. Costas preciosas, vegetación a raudales y extensa fauna. Gente dispuesta y amable.

Así fue nuestro breve paso por este país. Fin.

 

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CAPITULO 25 (Regalo inesperado)

Un regalo siempre se agradece y si es inesperado más. Con Nicaragua nos pasó algo similar. No esperábamos mucho del país, la verdad, pero a medida que nos fuimos adentrando tras la barrera de la frontera descubrimos lugares únicos e irrepetibles, de esos que recuerdas toda la vida.

Desde Playa Maderas, nuestro primer día, en la costa sur, nos mudamos hasta el Lago Ometepe, uno de los descubrimientos más sabrosos. Un cráter relleno de agua hace millones de años y que alberga dos volcanes en su interior. Un lugar para recorrer, trekear y admirar durante días.

Nos tocaba continuar y cambiar la tranquilidad por algo de ciudad. Las siguientes en la lista eran Granada y León, dos ciudades creadas por españoles hace ya 500 años y con centros históricos coloniales. La primera también conocida como la París y la segunda como la sede intelectual del país. Dicho todo.

Otro de los descubrimientos fue la Laguna de Apoyo, sublime, otro cráter de volcán relleno de agua y donde estuvimos acampando en la orilla del lago varios días. La costa fue nuestro siguiente destino, Padre Ramos, una zona que comparte la investigación marina con la pesca local como sustento. Lugar poco accesible y reservado exclusivamente para la sencillez.

Con pocos planes a la vista, decidimos movernos al norte en busca del Cañón de Somoto, del cual nos habían hablado bien. Fue divertido recorrerlo, fue un rollo triatlón a la nicaragüense, primero caminamos entre campos y rocas hasta llegar al inicio, después nadamos para superar una garganta cubierta de agua y acabamos en un bote estilo “vacaciones en el mar”.

La sorpresa estaba a la vuelta de la esquina, en unos días Fede y Javi (hermano y cuñada-amiga de Sofía), llegaban a Playa Popoyo a surfear unos días y juntarse con nosotros. Para qué contaros…, baños, surf, charlas y buenas cenas. Semana completa que acabó en despedida, Fede y Javi volvían a Chicago y nosotros encarábamos la carretera para cruzar a Honduras.

 

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CAPITULO 26 (Malditos prejuicios)

Fue un parto doloroso pero sin sustos, una mañana de marzo se dieron a luz El Salvador y Honduras. ¡¡Nacieron mellizos, nacieron mellizos!!, gritaban sus vecinos. Pasó el tiempo y cada uno de ellos continuó su camino, pero seguían teniendo algo en común que los unía; muchos viajeros las temían. Las temían como a esas pandillas que todo el mundo evita y con los que nadie se quiere meter. Pues bien, no hay para tanto. Nuestro paso por estos dos países fue tranquilo, yo diría que todo un descubrimiento. Ni fuimos atracados ni apuñalados. Gente no muy acostumbrada al turismo y que nos recibió amablemente y dispuestos a ayudarnos en todo momento.

El primer día elegimos San Lorenzo, un pueblo costero con poco que contar y en el que únicamente dormimos, para partir al día siguiente al Lago Yojoa, mucho más al norte del país, pero este sí, con muchas historias y belleza en él. Creo que fue el lugar favorito de Sofía en todo el viaje, el mío en el top 3. Lo pasamos bien, muy bien. Un día nos dejaron una barca de remos para que fuéramos a conocer los humedales y acabamos conversando con los pescadores solitarios que íbamos encontrando. Observamos en silencio la multitud de especies de aves que planeaban y descansaban a nuestro alrededor. Brisa en el rostro y mirada perdida.

Impacientes por llegar a Copán, dejamos el lago y continuamos hasta Gracias, un pueblo en el interior, donde por cada iglesia o templo hay una persona. Tocan a iglesia por cabeza. Más o menos como en España con los bares. Es alucinante y un poco terrorífico incluso ver a tanto devoto suelto. Se cuentan en kilos, más que en unidades. No sé cuantos billones de toneladas sacaron en la cosecha del año pasado, un montón. Gente capaz de obedecer la voz de su señor y actuar en consecuencia.

Fue en Honduras donde empezamos a descubrir los primeros indicios del extinto pueblo Maya. El primero en la lista fueron Las Ruinas de Copán. Un lugar que impresiona y que hace retroceder tu mente unos cientos de años atrás. Intentas imaginarte cómo era su día a día, seguro muy diferente al que vivimos todos nosotros actualmente.

Nos despedimos de Honduras con buen sabor de boca y cruzamos la frontera de Citala para entrar en El Salvador. Lo encontramos sucio, hay que decirlo, es algo que por desgracia no pasa desapercibido. Ves que la gente tiene poca consciencia por el medio ambiente y el gobierno tampoco hace mucho por cambiarlo. Es un problema compartido y que necesita tiempo para combatirlo. Muchos nos miraban raro por guardar las colillas de cigarrillos por no tirarlas al suelo, con eso lo digo todo. En fin, la primera noche la pasamos en el Lago de Coatepeque, junto a la ciudad de El Congo. Un lugar bonito pero poco preparado para recibir turismo. Hay ganas, pero faltan recursos y conocimientos entorno a servicios. De todas formas lo disfrutamos a nuestra manera. Sobretodo gozamos con un nuevo plato, denominador común del país, las popusas. Unas tortillas de maíz hechas a la planta y rellenas de lo que demandes.

Me estoy enrollando mucho, ya acabo. El siguiente pueblecito que decidimos visitar fue Juayúa, donde nos habían comentado que había unas cascadas dignas de ver. Pues bien, dignas, dignas de ver tampoco. No estaban mal, pero no medían más de 3 metros y lo único que las salvaba era el agua cristalina que por ellas corría. Del centro nos movimos a una zona costera llamada Los Cobanos, en el sur del país. Un pueblo muy básico de pescadores y atractivo turístico para los convecinos de la capital San Salvador.

Y esto fue todo en estos dos países. Nos faltó muchísimo por conocer pero nos fuimos contentos por lo que vimos y sobretodo por haber dejado a un lado ese miedo infundado por muchos. En ningún momento notamos peligro. Repito, ni nos atracaron ni apuñalaron. Honduras, El Salvador, os deseamos una vida larga y sana, gracias por todo.

 

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CAPITULO 27 (Smoothie guatemalteco aderezado con hierbas belicenses)

Continuamos con vestigios mayas ahí donde vamos. La primera ciudad que nos alberga en Guatemala es Antigua, una ciudad colonial, colorida y con más iglesias que hormigas en un huerto. No ayudó al llegar toparse con la Semana Santa y “miles de gentes” disfrazadas con cachirulos en la cabeza y capas “violadas” y/o violetas de color. Una multitud de esa que llega a acojonar, un grito de “¡Jesús era gay!”, y uno de ahí no sale vivo.

Al cabo de unos días abandonamos la ciudad y nos vamos a Chichicastenango, un pequeño pueblecito de montaña en el centro del país. Sofía había estado hace muchos años y tenía buenos recuerdos. Hicimos coincidir los días para asistir al mercado callejero más grande de la región y desde pronto por la mañana estuvimos recorriéndolo minuciosamente disfrutando cada rincón de él.

Un punto del que nos habían hablado mucho era el Parque Nacional Semuc Champei, que mola mucho, pero donde tienes que tener mucho cuidado con moto, ya que es un camino que exige mucho control. Salimos casi intactos, una caída al final del día fruto del cansancio acumulado fue el saldo definitivo. Yo acabé con los antebrazos más agarrotados que el garrulo que tiene un toro mecánico en casa y lo utiliza de gimnasio. Y el trasero de Sofía más plano que una cuchilla de afeitar. El parque nos encantó, virgen como se dio a luz. Disfrutamos de él y también de la visita a unas grutas, desde donde rememorando Colombia, volvimos a lanzarnos río abajo con un flotador a prueba de hundimientos.

Flores era nuestra siguiente parada, una pequeña isla colonial dentro de un lago en la zona de Petén, que paseamos felizmente por la noche, helado en mano. Unos días después pisábamos Tikal, un majestuoso complejo repleto de pirámides mayas que tardas horas en recorrer y que nos gustó, pero en cierta manera fue como todas las ruinas que ya habíamos visitado (si me escuchara un historiador me dispararía ahora mismo).

Tras unas semanas en el país seguimos con el plan de atravesar Belice en busca de la Riviera Maya. Lo que nos encontramos fue un país peculiar, excolonia inglesa y muy pequeño comparado a sus primos. Fueron nueve días en los que fuimos de parque natural en parque natural, de grutas, cascadas, y ciudades que en verdad eran pueblos. Comimos bien y disfrutamos de su vegetación y su buen clima. Nuestros hogares en el país fueron San Ignacio, P.N St. Hermans, P.N Blue Hole, PN Crooked Tree y Sarteneja. Un poco de mar y mucha montaña.

La combinación de los dos en forma de smoothie nos sentó muy bien (80% guatemalteco-20% belicense). Recorrido sabroso, variado y saludable para quien lo desee.

 

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CAPITULO 28 (Homenaje)

Si a estas alturas hay algo que agradecer a alguien es a La Panameña. Desde el primer momento nos quiso ayudar y hasta hoy está cumpliendo con su garantía de llegar al final y con el compromiso que tomó con el sueño de su hija Kawa. Te admiramos y respetamos.

Gracias por soportar nuestros más de ciento cincuenta kilos (sin contar las maletas) durante tantos kilómetros, y superar sorpresas en forma de caminos infernales por donde nos has permitido pasar.

Te pondríamos en una vitrina en el salón de casa, pero preferimos que sigas libre y hagas feliz a los próximos aventureros que aparezcan.

¡Grande Panameña! Todavía queda camino, así que no te me vayas a ablandar con estas palabras.

 

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CAPITULO 29 (Una de cal y otra de arena)

En la antesala del final del viaje y a modo de traca final entramos a México desde Belice, dispuestos a cruzarlo de punta a punta hasta Tijuana. Un sueño al que le teníamos muchas ganas. Empezamos por la Riviera Maya, una zona arrasada de resorts y todo incluido, con muchas playas del litoral privadas. Un horror en mi opinión. Tulum, Akumal, Playa del Carmen,… En mi opinión a esa zona le quedan cuatro telediarios, y al menos espero que tenga un mejor futuro que su amiga Acapulco. Con los pelos todavía erizados del susto, continuamos recorriendo la península de Yucatán en busca de más tranquilidad y de la verdadera cultura mexicana.

Añorando mi tierra, vimos en el mapa que había una ciudad llamada Valladolid, punto medio hasta llegar al norte de la península donde habíamos planeado ir a visitar unas lagunas rosadas, así que ahí fuimos. Hicimos noche y al día siguiente conducimos hasta Río Lagartos donde pudimos apreciar la laguna rosa, la verde, la amarilla, la granate, la puta madre y la multicolor. Una fábrica de sal era la encargada de ponerle en bandeja a la naturaleza la creación de tan fantásticas lagunas, junto al mar y repletas de aves. Celestún, que suena así fuerte, fue una decepción, en teoría una zona protegida pero a mal traer. De la indiferencia nos fuimos a Champotón, un lugar de playa a la otra orilla de la península. Nada de pomposidad, motivo por el cual al día siguiente nos mudamos hasta Palenque, o mejor dicho, hasta el Chantán, una zona selvática espectacular donde poder acampar entre vegetación tropical, rodeados de monos aulladores y dentro ya del parque arqueológico donde resisten frente al tiempo unas famosas ruinas mayas. Hasta ese momento todavía continuábamos viajando con Thiago, Dani y Jabirú, pero ahí fue donde nuestros caminos definitivamente se separaron. Fueron unos fantásticos compañeros de viaje con los que compartimos muy buenos momentos, preocupaciones, aventuras, caídas compartidas y muchas risas. Esperamos verlos muy pronto.

De Palenque decidimos continuar hacia San Cristobal de las Casas por una carretera repleta de badenes, topes o policías tumbados (como le llaman en otros países) que te revientan el culo después de más de 200 kilómetros de camino pasando sobre ellos. En el estado de Chiapas existe hasta un departamento para regularlos, pero el problema son los que ponen a drede e ilegalmente los comerciantes indígenas del lugar para hacer parar a los vehículos y aprovechar la ocasión para venderles una artesanía, un helado o un riñón de gato. No os lo creeréis, pero en ocasiones no lograba poner ni segunda hasta el siguiente badén. San Cristobal nos moló bastante, tenía ambiente y por eso muchos viajeros lo eligen para pasar largas temporadas. Nosotros tuvimos la suerte de conocer a un motero (Roger) que nos ofreció su casa del jardín para plantar dentro la carpa con todas las comodidades de un hotel. Esa semana caímos enfermos del estómago por cometer un error inverosímil para un viajero, ¡beber agua del grifo! Pero en qué coño estábamos pensando. Eso hizo retrasar nuestra salida unos días y seguir disfrutando de las vistas del baño.

Continuará…

 

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CAPITULO 30 (De paseos y despedidas)

Llegada la recuperación estomacal nos lanzamos de las alturas hasta llegar al nivel del mar. Una jornada de moto agotadora, cruzando una zona desértica y que nos permitió llegar el mismo día a Mazunte, un pequeño pueblo preparado para el turismo pero sin turistas los días que nosotros estuvimos. Bonitas playas, tranquilidad y largas horas en la hamaca hablando, riendo y comentando nuestras visiones sobre lo que íbamos encontrando en el viaje. Una cosa que nos faltó fue tomar un Temascal, un baño de vapor proveniente de los aztecas y que es muy común. De Mazunte continuamos bordeando la costa y llegamos a Puerto Escondido, un lugar más grande y un spot muy conocido por los surferos. En esa ocasión volvimos a caer enfermos, el virus en el estómago continuaba habitando en nuestros estómagos. Para qué contaros, pinchazos en la tripa, diarrea, vómitos,… y todo esto acompañado de tanques de suero y pechuga de pavo. No logramos darle esquinazo al virus en unos días y cuando lo hicimos huimos hacia las montañas dirección Oaxaca. La carretera era serpenteante y la distancia bastante, así que decidimos descansar una noche en San José del Pacífico, un pueblo situado a gran altura y muy conocido en la ruta de los viajeros por sus hongos alucinógenos.

En Oaxaca pasamos unos días muy provechosos, la ciudad es bonita y engancha. Además en los alrededores hay muchos sitios para visitar, las Ruinas de Monte Albán, Hierve el Agua, el árbol del Tule, etc. Guardamos buenos recuerdos de la ciudad, en parte también gracias a nuestros dos couchsurfers (César y Diego) que nos hospedaron en sus casas y lo dieron todo por nosotros.

Tocó continuar y la siguiente en la lista de la compra era Puebla de Zaragoza, una de las ciudades prehispánicas más importantes de México. Si Oaxaca tiene cosas que visitar en Puebla son infinitas. No paramos ni un segundo durante todos los días que estuvimos. Visitamos la ciudad y los pueblos de alrededor con los consejos de dos buenos couchsurfers (Salomon y Gonzalo), que fueron también los encargados de enseñarnos todos los rincones de la ciudad. Uno de los puntos que más me impactó fue conocer Cholula, una ciudad que alberga una gran pirámide, violada por Hernán Cortés por allá el siglo XVI para construir encima una iglesia y anteponer así su religión sobre las antiguas creencias, algo muy común en la época de evangelización. Lugar bonito pero con una historia terrible, vomitiva en mi opinión.

Otros en la lista de la compra fueron, Chignahuapan y Zacatlán, algo más alejados de Puebla pero con muchos lugares también para visitar y admirar. Ahí también nos hospedó una familia local (Maya), que lo dio todo con su madre para enseñarnos su amado lugar. Conversaciones profundas y ansias de conocer por ambas partes.

Se acercaba un momento funesto. Ninguno de los dos hablábamos mucho de ello. La Ciudad de México nos esperaba y no para algo bonito precisamente. Sofía volvía a Santiago y me quedaba en solitario, huérfano. La separación estaba cerca, las lágrimas a flor de piel a diario. No ayudó recaer de nuevo, el segundo día, con el virus que jamás se había escapado de nuestros estómagos. Fueron cinco días en cama, con los mismos síntomas que ya conocíamos. Fue una despedida muy triste después de todo, ya que ninguno de nosotros pudimos ser nosotros mismo en esos últimos momentos. Veremos qué ocurre, los caminos son muchos y todos pueden volver a encontrarse.

 

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CAPITULO 31 (Sprint final)

En solitario y todavía convaleciente del puto virus estomacal que arrastraba desde hacia semanas, cargo a La Panameña y dejamos atrás la Ciudad de Mexico. En nuestra mente Baja California, pero hasta llegar todavía quedaba una distancia importante. El primero en hospedarnos en el camino fue Morelia, ciudad que nos sirvió de avituallamiento para continuar al día siguiente a un pequeño pueblecito llamado Santa Maria del Oro con una bonita laguna donde acampar. Días tranquilos que utilicé para escribir, leer y cocinar a fuego lento con las ramitas que cada día iba recolectando del entorno. La Panameña me escoltaba inmóvil, aparcada junto a la tienda y disfrutando también de la tranquilidad del momento y del lugar.

Llegó el día en el que encarábamos la recta hasta Mazatlán, donde íbamos a subirnos al ferry que iba a trasladarnos hasta La Paz, ya en Baja California Sur. Doce horas de trayecto para cruzar el Mar de Cortés y otras tantas para subir y acomodar en la bodega a La Panameña.

Panameña: David, esto está muy oscuro, no quiero pasar la noche aquí.

Yo: Ya, pero no me dejan subirte al piso de las butacas.

Panameña: Hay muchos bichos de 4 rudas que me miran mal.

Yo: No seas así joder, son primos tuyos. Acostúmbrate, es solo una noche. De todas formas, antes de irme a dormir bajo y te traigo un té calentito de líquido de frenos, ¿vale?

En el transcurso del tiempo en el ferry conocí a otros motoviajeros, con los que acabé cantando desnudos en el karaoke del ferry frente a un grupo de 100 japoneses rubios, altos y con trenzas. El viaje se hizo ameno, aun durmiendo en el suelo, mucho más cómodo que la butaca que había reservado.

Después de bajar del ferry y pasar mil y un controles del ejército y policía, logramos encaminar la carretera y llegar a La Paz, donde acabamos hospedados en el Peace Hostel, un lugar con buena vibra, tranquilo y gestionado por un español (Nacho), un motoviajero que en su momento decidió quedarse un tiempo pegado ahí. La ruta que decidí hacer empezó rodeando el sur de la península a través de asfalto y mucha tierra, hasta llegar a nuestro primer destino, Cabo Pulmo, una zona protegida y donde acampamos bajo la luna a la orilla del mar, ¡qué bonito!. De ahí continuamos hasta llegar a Pescadores, un pueblecito ya en el Pacífico en el que no hice nada, ya que tampoco había mucho que hacer, más que surfear y hurgarse la nariz. Salvamos los platos por la buena compañía que tuvimos esos dos días. De la pescadería volvimos otra noche a La Paz para planear tranquilamente los siguientes pasos a proceder. En Baja California las largas distancias (sin nada a tu alrededor) influyen mucho a la hora de elegir un destino y por eso antes se tiene que planificar mucho la ruta. Después de muchas deliberaciones internas, decidimos ir a Loreto, una ciudad que da la cara al mar de Cortés y receptora de muchos turistas gringos (como en toda la península). El plan continuaba siendo zurcir la Baja de este a oeste y viceversa, hasta llegar a Tijuana. Y ahí íbamos.

Un día oí hablar de un oasis que se encontraba en mitad del desierto y me llamó la atención. Estaba ya un poco harto de tanto secarral y el radiador de La Panameña más. Así que de Loreto nos fuimos a San Ignacio, en el centro de la península, donde encontramos este pueblo sortudo entre los sortudos, con un río que le daba un poder único en la región capaz de convertir el polvo en oro o una rama seca en una flor. Otra vez un lugar con poco que visitar, pero curioso. Al día siguiente avanzamos hasta Guerrero Negro (Océano Pacífico), nada tampoco a comentar, excepto las visitas que hice a una serie de personajes, entre los que estaban, recepcionistas, mecánicos,…con el objetivo de agradecerles la ayuda que le habían brindado a mis padres cuando su Harley les dejó tirados en ese mismo sitio un año antes.
En la siguiente etapa dimos un paso de gigante y llegamos a San Felipe, de nuevo en la costa del mar de Cortés. Me sabe mal decirlo, pero los lugares que iba encontrando estaban desolados, excepto alguna playa bonita y algún otro escenario a resaltar, pero casi todo era muy anodino. Quizás con un grupo de amigos lo puedes torear mejor, pero yo solo con La Panameña y ya muy desgastados por el viaje, fue algo más duro hacer pasar los días. Ya estábamos en la recta final, superado el ecuador de la Baja, nuestra siguiente parada era Ensenada, una ciudad ya cercana a la frontera con EEUU y con una ruta del vino interesante que me enseñaron unos moteros locales que conocí. El coche es el transporte, encuentras a muy pocos ya movilizándose a pie. Una estructura de ciudad más gringa que mexicana.

Y por fin, llegó el día que encarábamos la carretera a Tijuana, donde se iba a acabar el viaje. Un torbellino huracanizado de recuerdos viajaba por mi mente. Sabía que era el último día que paseaba con La Panameña. Calculaba las millas totales que habíamos recorrido en todo el viaje y se me ponían los pelos de punta, cerca de 65.000 kilómetros y muchísimas horas conduciendo. Una sensación extraña, difícil de explicar.

Me sentía triste pero a la vez contento y orgulloso. Estaba cansado y andaba anímicamente muy flojo desde hacía semanas. Añoraba hasta el papel de cocina de casa de mis padres. Necesitaba volver a brazos de los míos y aterrizar en tierra conocida después de casi dos años. Pensaba y hablaba conmigo mismo y me decía: “David, ya es bastante, no es necesario que sigas. Necesitas descansar.” Y así fue.

 

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CAPITULO 32 (Hasta aquí llegamos)

Tijuana nos acogió con los brazos abiertos, más o menos como hacen los estadounidenses con ellos cuando intentan cruzar la frontera. Alojarme los últimos días en casa de Lorenzo y su familia fue especial, una buena despedida de México y del viaje. Después de casi dos años tocaba de nuevo hacer las maletas, esta vez para volver a mis orígenes. Dejaba atrás muchas cosas, demasiadas para recordarlas todas de memoria, si bien siento que las guardo apiladas en mi cabeza como cajas en un almacén, a la espera de ser desempaquetadas con ilusión en algún momento.

El último adiós fue a La Panameña, un adiós forzoso y doloroso. Ella también cerraba su etapa como hizo Kawa en su momento. Sería poco decir que estoy orgulloso de ambas, que las hubiera enviado a España para verlas todas las mañanas de mi vida y que hubiera seguido viajando con ellas feliz de la vida. Pero en ocasiones las circunstancias son las que son y las soluciones no son las mejores.

Unos días después cruzaba la frontera a Estados Unidos dirección Los Ángeles, donde en pocos días un avión me iba a llevar de vuelta a mi país natal que tanto había echado de menos en muchas ocasiones. En mi opinión España tiene que envidiar poco a otros países, con el tiempo valoras más las cosas que tienes y España tiene de todo. Nos quejaremos de política, de corrupción, de que las cosas podrían ir mejor, pero hace falta salir ahí fuera y ver lo que hay.

Durante todo este periodo he tenido que ir adaptándome a las situaciones que me he ido encontrando y estoy feliz y orgulloso de haberlas solventado sin prácticamente rasguños. He aprendido mucho, muchísimo, de todo y de todos, y con eso me quedo. Ahora toca cerrar una de las mejores etapas de mi vida y soñar con la que viene.

Todos los inicios tienen un final y estoy seguro también que cuando algo acaba algo tiene que empezar. Es así como debe ser. Cierre de etapas y nuevos caminos inexplorados se posan delante de ti. Unos llaman más la atención que otros, el resto observa. No hablo solo sobre viajes, hablo de retos, de ilusiones, de proyectos, de sueños. Todo esto tenemos cuando algo se acaba. Sin duda, ahora, toca subirse al tren y buscar mi propio destino. FIN.

 

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