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Blog – Viaje en moto por América

David Pueyo – Contacta

¡Bienvenid@! Si te gustan las historias que hablan sobre aventuras y viajes en moto te presento este relato, aderezado con una dosis de realismo y surrealismo compartido, ficción y mucha sátira. Un blog peculiar que resume un viaje en moto de 2 años por todo el continente americano, 18 países recorridos y un hilo conductor que narra la relación entre el binomio hombre-moto.

 

CAPITULO I (Mi nueva compañera de viaje)

Es una historia muy corta pero intensa. La conocí en un portal de internet apenas hace un mes y nos encontramos por primera vez en Cali (Colombia). Su nombre es Kawasaki y su apellido Klr 650, es japonesa y viste un modelo negro-blanco con detalles en verde esperanza.

Lo que más me llamó la atención de ella fueron sus innumerables atributos dignos de una verdadera trail aventurera. Su comprobada fiabilidad, idónea para grandes viajes, su sencillez, perfecta para pasar desapercibidos, su mecánica, fácil de reparar, y su gran autonomía (23 litros) que te permite estar 450 kms montada sobre ella sin parar a repostar.

A partir de ahora va a recorrer conmigo lo que queda de camino. Nos espera un recorrido largo, desde Colombia, pasando por Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, Belice, México y EE.UU. Juntos vamos a pasear unos 65.000 kms. Espero que no me sea infiel y me deje, literalmente, tirado en la cuneta.

De momento este es el plan.

Os dejo la foto del enlace, el santuario fue el Concesionario Potenza de Cali, con los testigos Juan y Mamucha.

kawasaki klr

 

CAPITULO 2 (Luna de miel)

Faltaron las latas arrastradas por Kawa para ser una despedida perfecta (american style). Yo estaba nervioso, creo que ella también. Era la primera vez que viajábamos juntos y teníamos todavía que conocernos bien.

El primer día de nuestra luna de miel intenté sorprender a Kawa con un viaje inesperado. Enfilamos la carretera dirección Bogotá, cerca de 1.000 km, decisión que Kawa no compartió muy a mi pesar. Ella no sabía que una antigua amiga nos había invitado a conocer unos días la ciudad, capital del país.

El panorama que encontramos en las carreteras de Colombia era espectacular. Atravesando gigantescas montañas pobladas de una exuberante vegetación, pequeños pueblos rodeados de casas muy humildes y vendedores ambulantes, gente amable y agradecida a cada paso, retenes militares que nos hacían sentir seguros y un sinfín de asombrosos spots por los que pasamos. Todo esto unido nos guió durante todo el recorrido.

De vuelta en Cali continuamos el viaje hacia el sur con la intención de cruzar a Ecuador y llegar a Quito por montera, por montaña y por mar, por Joaquín y por Ana (mis padres) por bosques y por secanos, por nosotros.

Unos días después llegábamos a Quito, esta vez un destino consensuado con Kawa, donde nos recibieron en su casa nuestros padres adoptivos ecuatorianos, Edward e Isa, lujo al alcance de muy pocos. Regocijamos unos días de la ciudad y de su gente, y nos preparamos mentalmente para la vida real que nos esperaba tras la luna de miel.

La relación iba “viento en rueda”. El motor de Kawa lo aguantaba todo y me daba seguridad. Nos adaptamos bien el uno al otro, tanto que incluso la posición sobre ella era muy confortable, diría que incluso ergonómica. Los días pasaban y nos sentíamos más sueltos, seguros, incluso alguna vez osábamos a tocar el claxon o esquivar un tuk-tuk, nunca sin perder el respeto por nada y nadie. Estábamos empezando a sentir también ese desapego del que nos queríamos desprender. Nos sentíamos muy felices, y eso nos hacía todavía más felices.

FIN de la luna de miel.

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CAPITULO 3 (La hora de la verdad)

Después de dos semanas de paseos, de pruebas, de conocernos, de sentirnos el uno al otro, llegaba la hora de la verdad. Teníamos todo a punto para cruzar Ecuador de norte a sur y llegar hasta Perú. Empezaba nuestro primer y real día de pareja tras la luna de miel.

Durante las horas previas a la salida aprovechamos para comprar los últimos aprovisionamientos que nos faltaban por recolectar. Era un sábado soleado en Quito, la ciudad sonreía, pero esa mañana el destino nos estaba esperando con una desagradable sorpresa. Una temeraria acción de un conductor hizo que sufriéramos un accidente en plena calle. ¿El saldo de tal infortunio? Algún rasguño yo y Kawa una pierna (rueda) retorcida que golpeó contra el coche y su maleta izquierda rota. ¿Lo más desagradable de todo? El tipo se dio a la fuga. Sí, se largó. Nos preguntamos con Kawa, ¿qué sentiría ese personaje mientras se largaba y miraba por el retrovisor del coche y nos veía tirados en el asfalto? Solo él lo sabe. Llevábamos poco viajando, pero ya eran situaciones que habíamos pensado que podían ocurrir y que habíamos interiorizado. Las amarguras en verdad no son tan amargas.
Unos días después y ya “olvidado” el incidente, continuamos decididos a no mirar más atrás. Eran cosas que podían pasar y teníamos que estar preparados. Nos esperaba un largo viaje.

De Quito llegamos a Cuenca, ciudad colonial vestida de blanco y con un parque nacional sensacional, llamado El Cajas, adornado con pequeños lagos y un entorno relativamente árido. De nuevo Kawa tuvo que quedarse en el parking mientras yo visitaba los senderos que ofrecía el lugar. Una señal gigante dejaba clara la prohibición de entrar en moto.
Después de unos días de relax y caminatas por la ciudad tocó continuar y cruzar la frontera peruana por Tumbes. En la Aduana, a pesar de nuestra todavía inexperiencia, logramos hacer todo el papeleo relativamente rápido, no antes de ir para aquí y para allá en busca de fotocopias, sellos y toda la burocracia que exige un paso fronterizo.

En cuanto a la gastronomía del país podíamos recomendarla poco, la verdad que con nuestro pobre presupuesto era bastante básica. Menús de ocasión de carretera, y ceviches, sopas y arroces de puestos ambulantes que íbamos encontrando. Para Kawa gasolina refinada 95, la mejor. Ella era más selecta que yo.

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CAPITULO 4 (De oca a oca y tiramos porque nos toca)

El primer destino que nos acogió en Perú fue Máncora, un pueblo costero que el turismo enturbiaba diariamente con sus fiestas y jaranas. Aprovechamos unos días para visitar sus alrededores, entre ellos Punta Farallón donde se encontraba un santuario de tortugas marinas. Fue una bonita experiencia poder nadar junto a ellas en total libertad. De nuevo Kawa tuvo que quedarse en el parking, sin darme cuenta me había olvidado en el hostel su traje de baño.

De Máncora pasamos a Piura y llegamos por camino a Ciudad de Pescadores, un pequeño pueblo desértico donde todo eran miradas y cuchicheos tras nuestro paso. Pasamos la noche en el único hotel del pueblo y al día siguiente huimos hacia Huanchacho (Trujillo), un lugar tradicional de Perú que alberga, en forma de pirámides y ruinas, los restos de las antiguas culturas Moche y Chimú que habitaron el lugar.

Seguimos atravesando la carretera escoltados por desierto a ambos lados hasta llegar a Lima, donde Kawa tenía una cita con su médico en el Hospital “Kawasaki oficial” para un cambio de aceite y una revisión general. La salud de Kawa era importante.
Dos días en la capital y volvemos a huir, esta vez a otro pueblecito de costa llamado Paracas, donde visitamos su Reserva Nacional, una enorme extensión de desierto con caminos infinitos hacia el ocaso y dunas gigantes que acababan en espectaculares acantilados en el Océano Pacífico. Un emplazamiento ideal también para avistar lobos marinos y aves por doquier.

Por el camino estábamos conociendo mucha gente, desde otros viajeros que estaban cumpliendo sueños hasta personas locales con historias increíbles. Amistades fugaces, intensas, que te dan (o te quitan), algunas quizás para toda la vida, y que nos hacían más ameno y fácil el camino. Digamos que ahí, en ese momento, eran un sustitutivo a mi familia y amigos.

Llevábamos más de un mes y medio de viaje y ya no creíamos que estuviéramos haciendo un viaje para completar el tablero, sino que sentíamos que era el viaje el que nos estaba haciendo a nosotros.

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CAPITULO 5 (Mundo Inca)

Cusco, capital del Imperio inca y localización perfecta para hartarte a ver ruinas que fueron habitadas hace apenas unos cientos de años. Lugar místico también conocido como la “Roma de América”.
Nos enamoramos de la ciudad, de su ajetreo y de sus fiestas navideñas. Fueron días de lluvia y sol y de kilómetros a través de sus calles adoquinadas en busca de recambios para Kawa. La idea era estar 2 días y nos fuimos al cabo de 2 semanas. Ciudad peruana muy recomendable. Un día, paseando entre sus ruinas históricas, viví una conversación surrealista:

Inca: ¡¡Oiga, usted!!

Yo: ¡Sí! ¿Quién habla…? ¿Quién es…?

Inca: Mire la piedra que tiene exactamente a su derecha.

Yo: ¡Joder! ¿¡Pero qué hace ahí dentro!?

Inca: Vivo aquí desde hace más de 500 años, desde que los españoles vinieron a tocar los cojones.

Yo: Ahh…ya veo.

Inca: Y usted, ¿de dónde proviene?

Yo: Mi madre de Korea y mi padre de Alaska.

Inca: Ahh…por su acento pensé que era español.

Yo: No, no, de madre koreana y de padre alaskeño. De toda la vida.

Inca: ¿Y qué le trae por aquí?

Yo: Estoy de viaje con mi pareja, pero lamentablemente ella se ha tenido que quedar en el parking.

Inca: La altitud es lo que tiene. Mal de alturas, vómitos, pero nada que no se arregle con un poco de coca.

Yo: No, no, ella está bien, es solo que no puede subir estas escaleras.

Inca: Ah, ¿es tetrapléjica?

Yo: Bueno… sí, va sobre ruedas, pero no es exactamente tetrapléjica. Es una moto.

Inca: Ahh… ¿Y viajan juntos?

Yo: Sí, ella me carga y yo la guío.

Inca: Ya veo, ya veo… ¿Y han visitado ya el Machu Pichu, Pizak, Sacsaywaman, Salinas de Maras, Morey, Ollantaytambo…?

Yo: ¡Sí! ¡Sí! Pero lo que más me ha sorprendido hasta ahora es encontrarme con un inca incrustado en una roca.

Inca: Entiendo que le sorprenda. Además soy el último inca, la última incrustación en piedra que se hizo. Por ello me utilizan para conversar con turistas, pero hace frío y pagan mal.

Yo: Ánimo, con suerte en pocos años despierta un terremoto y todo esto desaparece.

Inca: A eso lo llamaríamos un terremoto “a la española”.

Yo: ¡Bueno, ya basta con los españoles! Ya pasó mucho tiempo…

Inca: Español que veo, español que intento engañar y confundir. No los soporto. ¿Y usted, qué opina de esos conquistadores?

Yo: Lo siento, tengo que irme, la grúa se está llevando a mi mujer. Hablamos otro día.

Pasadas las Navidades y el Fin de Año logramos despegarnos de la ciudad y reanudar nuestro camino hacia Arequipa, donde descansamos nuestros cuerpos un par de días antes de proseguir por Puno, a orillas del Lago Titicaca, y cruzar la frontera destino Bolivia.

¡Adiós Perú!

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CAPITULO 6 (Hostilidades bolivianas)

Solo llegar a la frontera de Bolivia nos dimos cuenta que no éramos del todo bienvenidos entre los funcionarios de la pequeña garita de Kasani. Entrábamos en tierra hostil para extranjeros y se notaba.
El trato que recibimos por sus pobladores durante toda nuestra estancia tampoco fue del todo buena (con alguna excepción evidentemente). Daba la sensación que nos veían exclusivamente como lucro, como una forma para sacar provecho. Buscaban cualquier situación u oportunidad para sacarte unos “bolivianitos” extra del bolsillo. En demasiadas ocasiones nos sentimos atracados (con maldad), engañados torpemente, o recibidos con no tan buenas formas. No sé si debido y relacionado al desconocimiento o al miedo de afrontar según que situaciones. Kawa opinaba lo mismo.

Nuestro primer destino fue Copacabana, primer pueblo que nos encontramos y enclave necesario para visitar la Isla del Sol y la Luna en el Lago Titicaca. Aparqué a Kawa en un lugar seguro del puerto para pasar dos días de caminatas recorriendo las islas. Caminos escarpados, vistas panorámicas y puestas de sol de película, sin duda, uno de los lugares más especiales en lo que he estuve en todo el viaje.

Todavía con la resaca de tal belleza, recogí a Kawa y continuamos hacia la capital (La Paz). Lo que en un inicio era una ruta sencilla, se complicó a la llegada con un bloqueo nunca antes visto en la ciudad a causa de una importante manifestación. Todos los accesos estaban cortados. ¡Barricadas, fuego, gritos y disparos de fogueo! Le pregunté a Kawa y su respuesta fue “yo no entro por ahí”. Con esa suerte que en ocasiones uno recibe, conocimos a un anciano que nos ofreció acompañarnos para intentar burlar el bloqueo. Se montó sobre Kawa y como si se tratara del juego Comecocos logramos esquivar con bastantes dificultades las barricadas y entrar en la ciudad. ¡Gran pequeña aventura!

Unos días en la ciudad y como algo ya habitual huimos hacia poblados más pequeños donde realmente descubrimos más a fondo la cultura del país. Atravesamos la parte más alta de La Paz, a 4.700 metros (el carburador de Kawa no se resentía) y nos lanzamos adrenalinosos a recorrer la famosa “Death Road” o “Camino de la Muerte”, una carretera relativamente peligrosa de tierra y piedra con unos profundos abismos donde un descuido significaba la muerte. Lo hicimos con mucho cuidado, ya que la rueda trasera de Kawa estaba prácticamente lisa después de más de 12.000 kms.
Actualmente esta ruta ya no se utiliza mucho excepto para los lugareños y las empresas de aventura que ofrecen este recorrido en bicicleta como una atracción turística. Un descenso de 3.000 metros en apenas 100 kms (sin duda muy divertido) que nos llevó hasta Coroico, un pequeño poblado rodeado de grandes montañas circundantes repletas de vegetación y muy acostumbrado al turismo.
De ahí nos movimos a Sorata, otro pequeño pueblo rodeado de naturaleza y donde disfrutamos unos días de su tranquilidad.

La siguiente parada era Oruro, ciudad de paso para llegar a Sucre y Potosí, no sin antes pasar adversidades para llegar que recordaremos toda la vida. Ese día volvimos a abrazar el suelo con Kawa en un camino terrorífico, nos sepultamos en barro, “navegamos” cauces de río y tragamos polvo como nunca antes. Duro, muy duro, pero como siempre, felices de seguir la ruta y el viaje.

En Sucre disfrutamos de sus alrededores y su concurrido centro, y Potosí nos regaló sus carnavales, unos bonitos cerros mineros (algunos como el Cerro Rico, una mina de plata explotada durante muchos años por españoles) y el Ojo del Inca, un enigmático lugar entre las montañas.

Siguiente destino, Uyuni y su salar, una joya de la naturaleza, un lugar esperado por ambos.

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CAPITULO 7 (Desafío Dakar Uyuni)

Como verdaderos pilotos de carreras llegamos a Uyuni, un pueblo crecido por la llegada del famoso Dakar. Un lugar sencillo y muy básico pero con un entorno único, en el medio de la nada y rodeado de sal y arena.

No sabíamos que nos íbamos a encontrar más allá del pueblo la mañana que iniciamos la ruta para conocer el famoso Salar y los tres días de camino que había hasta cruzar la frontera a Chile, nuestro siguiente destino.
Los locales nos avisaron que iba a ser un trayecto duro, que con moto era peligroso y que se podía complicar mucho. Recuerdo la mirada con Kawa, era la de dos desafiantes enamorados que querían continuar y arriesgarse. Un mirada de “ojos a faros” más real de lo que se podía imaginar. ¿Cómo no hacerlo? ¿Cómo no cumplir un sueño?

* DÍA 1: Primera etapa (Uyuni – San Juan de Rosario):

Pueblo de Uyuni – Enlace final Salar (Etapa de 105 km. 100% pavimento de sal).
Hora: 10 de la mañana.

Cargo equipaje, tanque de gasolina lleno, reviso a Kawa y nos dirigimos al punto de encuentro de todos los mega 4×4 que esa mañana partían en tour cargados de turistas. Nuestra idea era seguirlos y en caso de pérdida (íbamos sin GPS) seguir las marcas de los neumáticos. Arrancamos la aventura con ganas, con algo de incertidumbre y por qué no decirlo, con algo de miedo por lo que nos habían dicho que nos íbamos a encontrar.
Todo empezó bien, pasamos por el famoso cementerio de trenes e hicimos una parada para fotografiarnos en el monumento al Dakar (¡fotaza!). Seguimos en línea recta sobre un mar de sal espectacular, una autopista gigante adoquinada por la naturaleza en forma hexagonal que nos condujo hasta la Isla Incahuasi, en el medio del Salar y punto casi obligatorio para visitar.

Un rato después nos pusimos de nuevo en marcha para acabar de cruzar el Salar y llegar al enlace que nos llevaría a nuestro destino de ese día. Pero Kawa se empezó a recalentar, tenía toda una capa de sal en el radiador que no le permitía respirar. Le di agua y subsanamos provisionalmente el problema. Me dijo que lo estaba pasando mal, que saliéramos de ahí cuanto antes, que no sabía cuanto más aguantaría. Yo en ese momento me quedé algo intranquilo, no podíamos quedarnos ahí, en la nada de la nada, solos, sin GPS y rodeados de un mar de sal. El problema era que no podíamos reducir la velocidad, sino perdíamos el rastro del 4×4 que teníamos delante y que nos guiaba desde la mañana. Le pedí a Kawa un último esfuerzo, le dije que aguantara unos kilómetros más hasta el enlace, y como una campeona es lo que hizo.

Enlace final Salar – San Juan de Rosario (Etapa especial de 76 km. Terreno arenoso-rocoso y serrucho).

Una vez fuera del Salar y ya sobre pavimento de tierra, decidí parar unos minutos para descansar y aprovechar a limpiarle de nuevo el radiador a Kawa con la última botella de agua mineral que nos quedaba.

Seguimos la ruta detrás de un 4×4 que nos bañaba de tierra, piedras y polvo. Era imposible ver algo, el terreno era el peor hasta el momento, temblábamos sin parar y el cansancio poco a poco iba apareciendo. Lentamente el sol nos fue abandonando y la conducción se complicó, pero logramos llegar al anochecer a una posada en San Juan (Hotel de Arena), extenuados, con los huesos rotos y con ganas de nada. Le atornillé un par de cosas a Kawa, disfrutamos durante unos minutos del impresionante cielo repleto de estrellas y nos fuimos a dormir.

* DÍA 2: Segunda etapa (San Juan de Rosario – San Pedro de Atacama):

San Juan de Rosario – Enlace Ollagüe (Etapa Especial de 81 km. Terreno arrenoso-rocoso).
Hora: 7 de la mañana.
 

Duché a fondo a Kawa para eliminar cualquier resto de sal del día anterior y que me agradeció gratamente. Comenzaba el segundo día de ruta. Hablé con un chófer de un 4×4 para preguntarle si tenía algún problema en que le siguiera (el chófer del primer día se había largado sin avisarme). Me dijo que adelante, pero que no se responsabilizaba de nada.

Solo salir del poblado en una zona de dunas la rueda delantera de Kawa se clavó entera en la arena, nos caímos y el 4×4 continúo sin mirar atrás. Estamos en la mierda Kawa, ¿lo sabes, no? Enterrada en la arena fui incapaz de levantarla, los 220 kg eran mucho para mi flaca complexión.
A lo lejos divisé animales y deduje que algún pastor podría merodear por ahí, así que empecé a caminar. Unos kilómetros después lo encontré, era un señor mayor (80 años más o menos), que amablemente aceptó caminar conmigo de vuelta y ayudarme a levantar a Kawa. Así hicimos, empujamos los dos hacia arriba y logramos ponerla derecha. El hombre, de pocas palabras, se fue por donde vino y nosotros seguimos nuestro camino.

Continuamos, solos, sin ninguna referencia, únicamente las marcas de neumáticos de los 4×4. ¡En esos momento hubiéramos pagado oro por un GPS! Al cabo de unos kilómetros me di cuenta que estábamos perdidos, de nuevo en la nada, rodeados de llanuras y montañas en el horizonte. Nuestro instinto nos hizo continuar y elegimos seguir por una senda con las marcas de neumático más marcadas. Después de un rato a la deriva, a lo lejos en el horizonte vimos que algo levantaba polvo, iba muy rápido, parecía un vehículo. Aceleré a Kawa, jugándonos la vida entre arena, matorrales y piedras hasta que logramos alcanzarlo y pararlo a base de bocinazos. Eran 2 guías que amablemente nos indicaron la dirección y nos aconsejaron no continuar por la ruta que habíamos pensado.
La acumulación de kilómetros en tal diversas superficies pesaba en mis hombros y en toda la maquinaria de Kawa. Las condiciones eran tan duras que replanteamos la ruta y decidimos cruzar la frontera por Ollagüe hasta San Pedro de Atacama y abandonar la ruta que nos habíamos marcado. Llegamos con apuros, Kawa sin gasolina en su depósito y yo abatido.

Enlace Ollagüe – San Pedro de Atacama (Etapa de 302km. Ripio suelto/firme y asfalto).

Ollagüe era de película, un pueblo en medio de la nada junto a un volcán humeante y unas vías de tren que transportaban sin cesar minerales. Según como lo mires, un lugar para flipar. Necesitábamos buscar gasolina, pero en el pueblo no había gasolinera ni nada que se le pareciera. Nos dijeron que preguntáramos en un ¡ultramarino! y en un ¡restaurante!, pero sus respectivos dueños nos dijeron que se les había acabado la gasolina, pero que les quedaba chuletón. Ante esta situación desesperada decidimos buscar al alcalde del pueblo y pedirle ayuda.

Nos recibió Jorge, el alcalde en funciones. Le expliqué la situación. Recordaremos toda la vida sus palabras, “David, no te preocupes, se trata de un caso humanitario y te voy a regalar del depósito municipal los 6 litros de gasolina que necesitas para continuar”. Un ángel había aparecido en nuestro camino y le estaremos eternamente agradecidos.
Después de las respectivas fotos y abrazos de gratitud continuamos unos cuantos kilómetros de camino pedregoso (donde por cierto, perdí el saco de dormir de tanta vibración) y asfalto hasta San Pedro de Atacama, pasando por la ciudad de Calama donde repostamos de nuevo, esta vez en una gasolinera.

Se dice que algunas de las motivaciones de los corredores del Dakar son cumplir un sueño, un deseo tenaz, llegar hasta el final. Ahora sentimos que tenemos algo en común con ellos, podemos asegurar que para nosotros fue uno de los desafíos más bestias de nuestras vidas y estamos contentos de haberlo vivido y superado. Sólo 2 días de travesía en los que, tanto yo como Kawa, sentimos sin duda el verdadero espíritu dakariense.

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CAPITULO 8 (Intento de divorcio)

Fue tan duro nuestro paso por Bolivia que Kawa habló con su abogado. Decía que estaba molesta, que se sentía maltratada, que habían sido muchos días de trote para su carrocería y que se quería divorciar. ¡Vaya, que estaba de calentón!

Me pedía daños y perjuicios por los cientos de kilómetros de ripio, arena, sal, barro y tierra que habíamos recorrido durante las dos últimas semanas.
Lo estuvimos hablando y llegamos a un primer acuerdo. Le prometí que por Chile iríamos por carreteras asfaltadas, gasolina de calidad y buenos parkings en hostels. A primera vista cedió, aunque me dijo que necesitaba pensarlo y que me diría algo al día siguiente durante el alba.

La verdad es que el camino había sido duro, todo por mi cobarde-valentia de llevarla por lugares remotos donde apenas había nada y corría fuerte viento. Acariciamos el suelo juntos en varias ocasiones, nos bañamos hasta las rodillas-carburador cruzando ríos secos desbordados, flaqueamos de gasolina y nos perdimos en lugares impresionantes e insólitos, en silencio, ante la inmensidad de montañas y llanuras que nos hicieron sentir muy pequeños.

Era imposible y muy triste que después de todo lo vivido juntos la relación se pudiera acabar ahí. Era demasiado lo que faltaba por descubrir como para parar el reloj en ese momento.

A la mañana siguiente me levanté temprano, el cielo estaba todavía oscuro. Me preparé un café y esperé sentado fuera de la tienda de campaña a que Kawa me comunicara su decisión. Estaba nervioso.
De repente el faro de Kawa se encendió y empezó a comunicarse en clave morse:

Kawa: ¿¡Pero qué haces ahí parado!? ¿Dónde están las maletas?

Yo: Pero…

Kawa: Lo he estado pensando y la verdad es que lo único que deseo es continuar este viaje contigo, aunque esté un poco enfadada. La verdad es que me has intentado cuidar todo lo que has podido, eso no lo puedo negar. He sido algo egoísta porque tú también has pasado unas últimas semanas complicadas. Además llevaba la suspensión muy dura y me he cargado tu espalda.

Yo: Bueno, eso no es nada, ya estoy mejor.

Kawa: Y también consumo mucho aceite y a veces hago ruidos raros…

Yo: Ya, pero tampoco quiero que te flageles. Yo tampoco soy perfecto.

Kawa: Bueno, entonces, ¿nos vamos de aquí?

Yo: ¡Arranca que voy a por los macutos!

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CAPITULO 9 (Descenso chileno)

(Conversación en bar de carretera)

Yo: Kawa, ahora que nos hemos reconciliado, ¿te apetece que visitemos todo lo que nos ofrecen los alrededores de San Pedro de Atacama?

Kawa: ¡Claro! Aunque seas un imbécil todavía te sigo queriendo.

Yo: ¡Ah, gracias! Si quieres podemos empezar por el Valle de la Luna y el Valle de la Muerte, seguir por los Geisers y hacer también la Laguna Cejar.

Kawa: ¡Para, para, no vayas tan rápido! ¿Cómo está el camino para llegar?

Yo: Creo que mal…

Kawa: ¡Mierda David, me prometiste otra cosa!

Yo: Lo sé Kawa, pero sabes de sobra que para contemplar lugares primorosos y únicos se tiene que ir por pistas así. ¡No te me quejes!

Kawa: ¡Bueno…tienes razón! Había olvidado que estoy fabricada para apisonar esos terrenos y dejarlos firmes. Además en el fondo me gustan y disfruto. ¡Vayamos!

Yo: Sabía que ibas a recapacitar y a sacar ese espíritu y alma japonesa que tienes. Te quiero.

Kawa: Yo también te quiero. Pero después me prometes que me quitarás todo el barro que lleve encima, ¿vale?

Yo: Te dejaré como nueva, no te preocupes. Compraré el mejor jabón y la mejor grasa para la cadena.

Una vez solucionado el tema con Kawa y hacer el check-out en San Pedro, nos lanzamos a la aventura por la Ruta 5 para descender por el Pacífico hasta Santiago de Chile.
Fueron varios días de recorrido donde fuimos conociendo a nuestro paso pequeños pueblecitos costeros, Taltal, Bahía Inglesa y Punta Choros, para acabar regalándonos unos días en La Serena y el valle del Elqui, donde descubrimos por primera vez sus extensos cultivos de vid con la que elaboran el pisco, la bebida nacional chilena.
Fueron días también en los que cambiamos los campings y los hostels por colchones de arena en playas que retaban al pacífico las 24 horas, días en los que la soledad ganó a las grandes galas, días en los que canjeamos lugares en montañas por atardeceres y amaneceres frente al mar. Días que recordaríamos toda nuestra vida.

Cambiando de tema y para ir acabando este capítulo, decir que a diferencia con nuestro paso por Bolivia, apreciamos un cambio mayúsculo en el trato con la gente, mucho más cercana, amable y dispuesta a ayudarnos en cualquier momento. No sabía exactamente si esto se debía a los propios chilenos o a las sinuosas curvas de Kawa que volvían loco a cualquiera.

¡Estábamos de subidón, nos esperaba todavía un largo recorrido por Chile!

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CAPITULO 10 (Secuestro exprés)

Por una carambola de esas que a veces ocurren en la vida hicimos un break en la ruta. La ocasión lo merecía. Unos amigos (Javi, chilena y Xavi, español) se casaban en Santiago de Chile y nos habían invitado a su boda sabiendo que estábamos por la zona. Un evento que no teníamos contemplado y que, sin duda, no nos podíamos perder.

Yo: Kawa, me han invitado a un evento este fin de semana. La mala noticia es que me han dicho que no se puede ir con moto.

Kawa: Vale, vale, no te preocupes, aprovecharé y me iré a un Spa a relajar un poco el motor.

(Conversación telefónica 10 días más tarde)

Kawa: ¿Pero dónde estás?

Yo: Kawa, ¡me han secuestrado!

Kawa: ¿¡Qué…!?

Yo: Sí, después de la boda. Todo pasó muy rápido.

Kawa: ¿Pero quién?

Yo: Dice que se llama Jóse, es español y que viene de otro planeta.

Kawa: David, percibo que mientes. ¿Jóse no era uno de los amigos de la boda?

Yo: ¡Vale, me has pillado! La verdad es que la boda se nos fue de las manos, acabamos alquilando un 4×4 y nos fuimos a lo demente a visitar el sur. Talca, Villarica, Osorno, la isla de Chiloé, Valdivia,… ¿No estarás celosa?

Kawa: ¡Qué va! ¡Cómo me voy a comparar con un Mitsubishi 4×4 L200, por favor! Únicamente estaba preocupada, por un momento pensé que quizás necesitabas ayuda y tenía que irte a buscar.

Yo: ¿Y tú, qué tal en el Spa?

Kawa: No sabes lo bien que me ha sentado. Me he pegado un baño de burbujas anticorrosivas, una ducha de líquido anticongelante, un masaje carburalizado, pedicura de freno, una queratina con aceite de motor y un baño de sales iónicas. ¡Me siento como nueva!

Yo: ¿Y cómo has pagado todo eso?

Kawa: He puesto primera y ¡GAS! Me he largado llevándome por delante la cerca principal del Balneario.

Yo: ¿Pero qué dices? ¿Estás loca?

Kawa: Es broma. Les he dicho que te pasarías tú a pagar la cuenta.

Yo: No te puedo dejar sola Kawa. Te lo descontaré en la calidad de la gasolina, que lo sepas.
¡Anda, vete preparando! Estoy llegando a Santiago, te paso a recoger y seguimos el camino.

Kawa: Ok, date prisa, tengo muchas ganas de conocer Argentina.

La verdad es que los dos estábamos impacientes y expectantes por conocer en persona a la famosa Ruta 40 de la que tanto nos habían hablado. Una carretera que comparte ripio y asfalto y que peina más de 5.000 km de superficie terrestre de norte a sur de Argentina. Un sueño para cualquier motoviajero. El objetivo, recorrerla hasta la Patagonia.

 

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CAPITULO 11 (Carretera Austral vs Ruta 40)

Abandonamos Chile tristes, nostálgicos, con ganas de volver. Dejamos atrás muchos momentos, lugares y personas que nos marcaron para toda la vida. El viaje continuaba…

Atravesamos los Andes por el Paso Libertadores y sus conocidas cientos de curvas hasta llegar al puesto fronterizo argentino, a una altura de más de 3.000 metros. Lo que nos rodeaba, simplemente, era impresionante. Una cadena montañosa que albergaba al Aconcagua y que guardaba muchas historias pasadas relacionadas con el tráfico de personas y mercancías entre ambos países.

Pasados los trámites aduaneros nos lanzamos por la cordillera hasta llegar a Mendoza, donde pisamos por primera vez la célebre Ruta 40 de la que tanto nos habían hablado. A primera vista no nos sorprendió tanto. No vimos ni ripio, ni dinosaurios rosas con seis cabezas, ni pinos fosforitos como nos habían prometido. El alquitrán se había encargado de eliminar cualquier rastro natural.
Pero nuestra opinión cambió rápidamente cuando enfilamos la ruta dirección sur (dejando la parte norte para más adelante), donde nos encontramos carreteras impresionantes y para todos los gustos (asfalto, ripio, arena,…).
En nuestro recorrido fuimos conociendo los pueblos de Malargüe, Aluminé, Bariloche y El Bolsón hasta llegar al cabo de unos días a Esquel, donde cruzamos de vuelta a Chile (por el Paso de Futaleufu) para recorrer la Carretera Austral dirección la Patagonia.

Nos sorprendió muy gratamente lo que encontramos en esta parte de Chile, un entorno de vegetación exuberante y ríos bravos listos para ofrecer su mejor cara. Sus caminos de tierra y ripio eran, simplemente, impresionantes. Hasta ese momento el lugar, sin duda, estaba en el top 3 entre los lugares que habíamos recorrido. Conocimos Coyhaique, el Lago General Carrera y su catedral natural de mármol, Cochrane y un sinfín de rincones que serían difíciles de olvidar.

Después de recorrer cerca de 2.000 km a través de estas dos carreteras, fuimos conscientes de lo afortunados que éramos. Sin duda, fueron unas semanas en las que no dejaron de sorprendernos sus contrastes, desde los paisajes áridos y desérticos de la Ruta 40 hasta la explosiva vegetación y ríos bravos de la Carretera Austral.

Si tuviéramos que elegir y quedarnos con alguna lo tendríamos difícil, aunque ellas lo tienen más claro que nosotros.

– Ruta 40: Dicen de mí que soy extensa, infinita, de carácter peligroso y aventurera. ¡No hay carretera como yo!

– Carretera Austral: ¡Eso te lo dice la gente para quedar bien! No vales tanto la pena, eres un mito que no sorprende. Yo en cambio, soy mediana pero atractiva, sinuosa y con unos escenarios gourmet.

– Ruta 40: Tu ripio destroza las cubiertas de las motos, en cambio, el mío, tiene menos aristas y es más estable.

– Carretera Austral: ¿Y tú…? que estás más asfaltada que un parking de supermercado y con menos peralte que una plaza de toros.

– Ruta 40: Y tú no tienes gasolineras en muchos kilómetros y además hueles a barro.

– Carretera Austral: Tú eres aburrida y más larga que un día sin pan.

-Ruta 40: Bueno, eso no es verdad del todo, tengo un poco de todo. Tengo un montón de historias para contar a mis nietos.

– Carretera Austral: Ya, pero excepto en tu grupo de amigos, no acabas de convencer. Mi abuela, que era una antigua ruta de los incas, me decía que la aventura se encuentra en carreteras pequeñas, y tú cariño, eres muy grande.

Algunas voces dicen que llevan años peleando, siempre compitiendo y resaltando sus egos. En nuestra opinión son dos “grandes” de sudamérica que ofrecen belleza, atractivo y aventura a todo el mundo que las recorre. Sin duda, un lugar del planeta para visitar y recorrer en moto.

Seguimos el camino hacia el sur. ¡El fin del mundo nos estaba esperando!

 

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CAPITULO 12 (Descubriendo el sur)

El verano austral estaba llegando a su fin y el frío no iba a tardar en llegar. Teníamos que darnos prisa hasta llegar a Ushuaia y no congelarnos en el intento.

Esos días, digamos, fueron especiales. Estábamos conociendo la zona más austral de América y cumpliendo un sueño del que veníamos soñando tantos meses atrás. No dejaba de ser otra etapa en el camino pero la sentíamos más representativa que otras, posiblemente porque cumplíamos el ecuador del viaje por Sudamérica.
Mirar atrás y ver que después de tantos kilómetros y aventuras seguíamos juntos, era una sensación muy gratificante.

El panorama que nos encontramos en esa parte de la Patagonia era, simplemente, espectacular. Visitamos el famoso Glaciar Perito Moreno en Calafate, también la ciudad de Puerto Natales y su Parque Nacional Torres del Paine, y la ciudad cosmopolita y comercial de Punta Arenas, bañada por el famoso Estrecho de Magallanes que en su momento convirtió a la ciudad en una de las más importantes de Chile.

Mientras tanto, el viento no daba tregua. Los árboles semi tumbados nos avisaban de las hostilidades de la zona. Era la primera vez en todo el viaje que sufríamos esas bandadas “huracanizadas” que nos lanzaban de lado a lado de la carretera. Ante esas situaciones, Kawa se trasformaba en velero, yo asumía el rol de capitán, y juntos, luchábamos contra el viento como si de un océano se tratara.

El sur también era frío, nada amable para los más calurosos. La feroz masa antártica jugaba con sus reglas y dejaba poco juego al azar. Teníamos suerte porque la época no era ni de las más frías ni más lluviosas, lo que no evito que llegáramos a Ushuaia prácticamente con síntomas de congelación en manos y pies. Para rematar la jugada encontramos un bloqueo de manifestantes al entrar en la ciudad; nos vieron tan mal que finalmente nos dejaron pasar, eso sí, con Kawa apagada y sin hacer mucho ruido. La larga cola de coches y autobuses que habíamos dejado atrás nos miraba con recelo y no hacía falta provocar más de la cuenta.

Con más necesidad de una buena ducha caliente que de cualquier otra cosa, nos encontramos alojados en una casa particular, fruto de un contacto, la cual no gozaba ni de ducha ni de agua caliente. Por no haber, no había ni calefacción, en su lugar, una gran cazuela de agua hirviendo calentaba la habitación con su vapor. Kawa descansaba a la intemperie en el pequeño jardín rodeada de coches destartalados y semi desguazados.
A pesar de todo, fue una experiencia única que muy profundamente agradecimos a nuestro anfitrión.

Pasada la primera noche, llegó el momento de conocer el Parque Nacional de Tierra de Fuego donde recorrimos el último tramo de carretera hasta llegar al punto llamado el “Fin del Mundo”, donde ya no era posible continuar. A unos cientos de kilómetros hacia el sur únicamente se encontraba ya la Antártida.
El Parque nos encantó, hicimos por perdernos entre sus bosques verdes y amplios lagos, poblados de animales en total libertad. Una delicia que en ese momento nos animó a continuar con más ganas todavía.

Aunque la zona nos flipó, llovía y hacía frío. Lo que nos hizo iniciar en pocos días el camino de vuelta hacia el norte, esta vez bordeando la costa atlántica de Argentina.

Decíamos adios al sur, mientras nos preparábamos mentalmente para afrontar las historias que todavía nos deparaba el futuro.

 

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CAPITULO 13 (No es oro todo lo que reluce)

Nos habían avisado que no esperáramos mucho de la costa atlántica argentina, quitando Península Valdés (Patrimonio Mundial por la UNESCO) y sus avistamientos de orcas, ballenas, pingüinos, lobos y elefantes marinos, que protagonizaban cada año un show que sólo la naturaleza podía organizar con tanta perfección.

El resto de la ruta se resumió en monotonía e indiferencia. Desde Río Gallegos, en la Patagonia, hasta Mar de Plata ya en el norte de Argentina, había relativamente poco que ver y visitar a primera vista. Carreteras rectas, pampa a ambos lados, huanacos y vicuñas homicidas, señales que te dejaban claro que las Malvinas eran de Argentina y ciudades mimetizadas en un áspero entorno de colores apagados.
Eso sí, los cerca de 3.000 km de costa atlántica que recorrimos con Kawa nos dejaron tiempo para pensar un poco en todo, analizar lo ya vivido y preparar lo que se nos venía.

“Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar…”

Por el camino nos topamos primero con Comodoro Rivadavia, la ciudad más habitada de la provincia de Chubut, que básicamente vivía entorno a la extracción de petróleo. Puerto Madryn fue la siguiente, donde aparte de un huracán de arena que casi nos levanta del suelo, no dió para más durante esas fechas. Lo más interesante en esa ocasión, y a modo anecdótico, fue ver trabajar a un mecánico (muy agradable, por cierto) que por no tener una remachadora cortó con una radial la cadena de Kawa para acortarla y quitarle la holgura que llevábamos arrastrando desde hacía días. Kawa no estaba del todo contenta, pero funcionó. La verdad es que la transmisión estaba muy desgastada y el tensor no daba para más. Después de muchos meses de viaje opinábamos que todos los problemas en esta vida tenían solución, a veces no eran los mejores, pero servían.

Una vez reparada la cadena de Kawa y de cumplir la mitad del trayecto atlántico, continuamos nuestro camino hacia Bahía Blanca, otra ciudad bañada por el mar pero un poco dejada a la madre santa. Nos salvó conocer a un par de argentinos que nos llevaron a conocer una divertida feria que se celebraba anualmente en el puerto. Kawa, en el parking, chuleaba de montura silenciosamente entre todas las 50cc y 125cc que la rodeaban.

La sorpresa la tuvimos al llegar a Mar de Plata, con una bonita y bien cuidada costanera que albergaba hoteles y villas en tierra y surfistas en el mar. La ciudad estaba repleta de gente esos días, muchos porteños (habitantes de Buenos Aires) estaban de vacaciones en la ciudad.

Y finalmente, llegó el día. Conocíamos por fin en persona una ciudad de la que nos habían hablado muchísimo, Buenos Aires, la capital del imperio, imponente, bañada por el Río de la Plata. Fueron días en los que recorrimos la ciudad de punta a punta entre reuniones, asados y búsqueda de piezas para Kawa. Teníamos toda la ciudad para nosotros y quisimos aprovecharla. En nuestro caso y teniendo en cuenta que no sabíamos qué nos depararía la ruta, siempre era bueno anticiparse y recolectar provisiones para posibles necesidades que pudiéramos tener más adelante.

Tres semanas más tarde llegó el momento de tomar rumbo hacia Uruguay con la intención de recorrer y conocer el país durante unos días. La idea, después, era volver de nuevo a Argentina para visitar minuciosamente la zona del norte que habíamos dejado pendiente.

¡Nos vemos en unos días Argentina!

 

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CAPITULO 14 (Bodas de plata)

Después de 6 meses de ruta el cuentakilómetros de Kawa marcaba la bonita cifra de 25.000 Kms. Un momento así necesitaba algo especial. ¿Por qué no un poema para celebrarlo?

Veinticinco mil kilómetros a tu lado recorriendo el mundo,
miles de paisajes vividos juntos.
Experiencias que nos dejan,
savia nueva y oxígeno puro.

Veinticinco mil kilómetros de aventura,
de estar perdidos, confundidos, abatidos.
Instantes de rápido consumo,
amistades fugaces durante el camino.

Veinticinco mil kilómetros de vida, contigo a mi lado,
alegrías y sollozos derramados.
Momentos pletóricos, aire fresco,
momentos platónicos, corazones abiertos.

Veinticinco mil kilómetros para celebrar,
venturosa y dilatada andanza,
que seguiremos viviendo,
hasta que nuestros cuerpos digan “basta”.

 

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Próximamente…Capítulo 15.

 

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